24M · 50 años | Liceos militares: Amigos son los amigos… ¿o no?

24M · 50 años | Liceos militares: Amigos son los amigos… ¿o no?

La hermandad liceísta entre el afecto y el espíritu de cuerpo

Continuidades desde la Dictadura hasta Milei

Pedagogía castrense, parte 10.-

La amistad bajo bandera en los liceos militares

Cada 20 de julio, los argentinos celebran uno de sus rituales afectivos más arraigados. Los restaurantes se llenan, los teléfonos multiplican saludos y las redes sociales se pueblan de fotografías antiguas. Amigos de la infancia, de la escuela, del barrio, del trabajo o de la vida vuelven a encontrarse, aunque sea por unas horas, para confirmar que todavía forman parte de una historia compartida.

Como suele ocurrir con casi todo lo humano, también la amistad terminó teniendo fecha oficial. En 1958, una iniciativa nacida en Paraguay bajo el nombre de Cruzada Mundial de la Amistad propuso celebrarla cada 30 de julio. Más de medio siglo después, en 2011, las Naciones Unidas adoptaron esa misma fecha como Día Internacional de la Amistad. Pero en esta parte del Cono Sur nos habíamos adelantado por otro camino: en Argentina, Brasil y Uruguay la celebración quedó fijada el 20 de julio. La iniciativa argentina fue impulsada por Enrique Ernesto Febbraro. Nacido en 1924, Febbraro fue un profesional multifacético: ejerció como odontólogo, psicólogo, filósofo, músico y locutor de radio. Además, participó activamente en el Rotary Club. Fue en su consultorio de Lomas de Zamora donde tuvo la inspiración que daría origen a esta celebración. Interpretó la llegada del ser humano a la Luna, en 1969, como una ocasión para imaginar a la humanidad momentáneamente reunida frente a un acontecimiento común. Así fue como una proeza tecnológica, nacida en plena Guerra Fría, terminó convertida entre nosotros en excusa para llamar a los amigos, reservar una mesa y comprobar quién todavía conserva nuestro número.

También los excadetes de los liceos militares hacen un culto de la amistad. Se reúnen las promociones, se celebran aniversarios de egreso, se organizan cenas, torneos, homenajes y ceremonias. Hay círculos de excadetes, mutuales, fundaciones, clubes deportivos y asociaciones destinadas a prolongar indefinidamente el vínculo nacido durante los años de formación. El propio Liceo Militar General San Martín se promociona presentando entre las ventajas de estudiar allí que la amistad entre los cadetes “se mantendrá durante toda la vida” y que el egresado pasará a integrar una hermandad permanente.

La promesa no deja de ser sorprendente. Una escuela puede comprometerse a enseñar matemáticas, historia, lengua o ciencias. Puede incluso proponerse formar ciertos hábitos, valores o competencias. Pero ¿puede garantizar amistades para toda la vida? ¿Puede una institución administrar algo tan contingente, singular e imprevisible como el encuentro entre dos personas?

Tal vez la pregunta esté mal planteada. Porque el liceo no promete solamente que allí será posible encontrar amigos. Se atribuye la capacidad de fabricar una hermandad. No dice simplemente: “Algunos de quienes pasen por aquí se harán amigos”. Afirma algo mucho más ambicioso: quien atraviese la institución quedará unido para siempre a los demás integrantes de una comunidad diferenciada. Distinta de los que no son como uno. Promete pertenencia a lo que hay que pertenecer… o sea, carnet de distinción. Membresía.

La amistad prometida deja así de ser un acontecimiento entre personas y se convierte en un producto institucional.

La amistad que el liceo se adjudica

No habría que negar que en los liceos militares se han formado amistades intensas, profundas y duraderas. Sería absurdo hacerlo. Muchos adolescentes compartieron allí años decisivos de sus vidas. Durmieron en los mismos dormitorios, soportaron el frío de las mañanas, las guardias, las sanciones, las imaginarias, los ejercicios, las maniobras, la distancia de sus familias y las humillaciones más o menos visibles de la vida cotidiana.

En semejantes condiciones, es comprensible que se hayan sostenido unos a otros. Como recuerdo en Contramarcha, además de compartir cigarrillos y pequeñas transgresiones, “nos cubríamos unos a otros. Así nos protegíamos” (Altisen, 2026, p. 93).

Pero una cosa es reconocer la existencia de esos vínculos y otra muy distinta atribuirlos a las virtudes de la pedagogía castrense. Las personas también construyen lazos poderosos durante una guerra, una catástrofe, un naufragio, una prisión o una enfermedad. La intensidad del vínculo no demuestra la bondad de las circunstancias que lo hicieron surgir.

Hay amistades que nacen gracias a una experiencia compartida. Otras nacen para poder sobrevivirla. En mi libro sobre el liceo, escribí, “la experiencia de los cadetes en un régimen de internado como ese se reducía a aprender a sobrevivir dentro de las reglas castrenses” (Altisen, 2026, p. 143).

El discurso liceísta borra esa diferencia. Toma el afecto construido entre los cadetes y lo inscribe retroactivamente en el haber institucional. Si dos muchachos se ayudaron a soportar el internado, el mérito habría sido del internado. Si se protegieron frente a la arbitrariedad, la protección confirmaría la calidad del régimen disciplinario. Si aprendieron a cuidarse en medio del miedo, el miedo mismo terminaría ennoblecido como herramienta pedagógica.

La institución se adjudica así aquello que los jóvenes produjeron para defenderse de ella. Por eso la distinción que formulé en Contramarcha resulta decisiva: “Eso era lo que nos hermanaba, y no la institución militar en sí. Lo que a mí me hizo quedarme fueron los vínculos que había forjado con mis nuevos amigos, no el liceo en cuanto tal” (Altisen, 2026, pp. 34-35).

Por eso la pregunta no debería ser si las amistades liceístas fueron verdaderas. Muchas seguramente lo fueron. La pregunta es qué hizo la institución con esas amistades, cómo las nombró, qué obligaciones les impuso y hasta qué punto las convirtió en una justificación de sí misma.

Del amigo al camarada

Un amigo no es lo mismo que un camarada.

La camaradería surge entre quienes comparten una tarea, una dificultad, un riesgo o una misión. Puede contener afecto, confianza y solidaridad, pero conserva siempre una dimensión funcional: los camaradas deben poder contar unos con otros porque forman parte del mismo cuerpo operativo.

En una institución militar, esa solidaridad no es accidental. Constituye una necesidad técnica. Quien integra una unidad debe responder por los demás, obedecer una conducción común y actuar coordinadamente. La supervivencia del conjunto puede depender de que cada uno cumpla su función. Sin embargo, en la experiencia concreta, camaradería y amistad podían superponerse.

En Contramarcha intenté distinguirlas sin separarlas artificialmente: “La camaradería liceísta, pero sobre todo la amistad o, mejor dicho, la hermandad, nacía del hecho de que éramos unos pibitos alejados de nuestras familias” (Altisen, 2026, p. 94). La frase importa por su punto de partida: no atribuye la hermandad a la instrucción militar, sino al desamparo de unos adolescentes separados de sus familias.

La amistad, en cambio, no tiene misión asignada. No depende de un uniforme, una jerarquía ni un objetivo superior. Es un vínculo electivo. Nadie puede recibir la orden de hacerse amigo de otro. Tampoco existe un reglamento capaz de determinar cuánto debe durar una amistad o qué forma tiene que adoptar.

El discurso liceísta fusiona ambas figuras. Llama amistad a la camaradería y luego eleva esa camaradería a la categoría de hermandad. De ese modo, un vínculo nacido entre personas concretas queda subordinado a una pertenencia abstracta: ya no se es amigo de alguien por lo que singularmente se comparte con él, sino hermano de todos aquellos que portan la misma insignia.

El otro deja de ser querido por ser quien es y comienza a ser reconocido porque es “uno de los nuestros”.

Hermanos bajo una misma autoridad

La fraternidad suele presentarse como si fuera una forma espontánea de igualdad. Sin embargo, los hermanos no se constituyen porque sí, nada más que por nacimiento, como si se tratara de un mero fenómeno de la naturaleza. Se reconocen como tales porque ocupan una posición semejante respecto de una instancia común: una familia, una ascendencia, una ley, una autoridad o un ideal.

La hermandad liceísta tampoco se organiza únicamente en sentido horizontal. Los cadetes se reconocen como hermanos porque han sido formados bajo el mismo mando, han vestido el mismo uniforme y han sido sometidos a una maquinaria común de clasificación, vigilancia y disciplina.

La identificación horizontal se sostiene en una identificación vertical.

El uniforme ofrece una respuesta anticipada a la pregunta adolescente por la identidad. Antes de que cada uno pueda interrogar quién es, qué desea o qué quiere hacer con su vida, la institución le entrega un nombre: cadete, integrante de una promoción, miembro de una compañía, liceísta.

La singularidad queda reducida a una generalidad, recubierta por insignias compartidas.

Pero la relación entre semejantes nunca es puramente armoniosa. Quien más se parece a mí también puede convertirse en aquel con quien compito por el reconocimiento, la valoración y la preferencia de la autoridad. La fraternidad contiene por eso una tensión fratricida.

Una de las narraciones fundantes de nuestra cultura imagina el primer homicidio como un crimen entre hermanos. Uno de ellos no soporta que la autoridad reciba favorablemente la ofrenda del otro. Incapaz de tramitar mediante la palabra la herida de no haber sido el elegido, elimina a quien ocupa ese lugar. Caín mata a Abel.

La escena permite advertir algo que el elogio sentimental de la hermandad suele omitir: los hermanos no son solamente compañeros. También son rivales ante la mirada del Otro.

En los liceos, esa rivalidad se distribuye mediante rangos, antigüedades, distinciones, órdenes de mérito y jerarquías entre cursos. El cadete más antiguo puede ejercer sobre el más joven aquello que él mismo padeció anteriormente. La violencia sufrida de manera pasiva encuentra una compensación imaginaria cuando llega el momento de pasar a la posición activa.

La ley oficial puede prohibir el maltrato, mientras en dormitorios, baños y pasillos circula otra ley, obscena y no escrita: “Ahora te toca a vos”.

Así se transmiten las bromas pesadas, las pruebas de hombría, los sometimientos corporales y las ceremonias clandestinas de iniciación. La crueldad deja de aparecer como una falla del sistema y se convierte en un secreto compartido que cada generación recibe de la anterior.

¿Es eso amistad? ¿Puede llamarse hermano a quien debe aceptar el abuso para ser admitido entre los hermanos?

La horizontalidad fraterna tenía, además, su reverso persecutorio. Como relato en Contramarcha, era frecuente que varios cadetes “tomaran de punto” al compañero considerado más débil o afeminado. No se trataba de una simple broma, sino de “una manada de cadetes, unida en una misma embestida punitiva” (Altisen, 2026, pp. 82-83).

Desde un punto de vista psicoanalítico-lacaniano, podríamos decir que opera como un dispositivo que captura el deseo en el Ideal del Yo liceísta. El goce compartido en el sufrimiento (cuerpo a tierra, marchas, humillaciones) sutura la falta, mientras el Nombre-del-Padre militar estructura la subjetividad en torno a la obediencia y la competencia por el reconocimiento del superior. En tal caso, no hay amistad electiva: hay hermandad forzada, donde la diferencia es tolerada solo si no amenaza la homogeneidad. El disidente, el “blando”, el que cuestiona, es expulsado o aislado. Esto contribuye a explicar algún aspecto de la durabilidad del lazo: no se basa en afinidad libre, sino en la marca indeleble de la institución total.

El amigo que puede decir que no

Un episodio de violencia ocurrido hace unos años en el Liceo Militar General San Martín muestra con particular crudeza esta lógica. Un cadete mayor golpeó gravemente a otro más joven, de 16 años, después de que este no respondiera como se esperaba a una orden informal. El chico agredido terminó hospitalizado y en coma, debatiéndose entre la vida y la muerte. Lo que sucedió fue que el agresor le exigía que se diera vuelta y lo mirara mientras le hablaba, después de haberlo torturado en un baño junto a otros cadetes aplicándole el “calzoncillo chino” (que consiste en tirarle la ropa interior hacia arriba y lastimarle los testículos) además de pisotearle el celular. Eso como requisito que debía cumplir para pertenecer a la manada. Después, cuando se dirigían al aula, el cadete agresor le dijo que lo mirara a la cara, pero el chico no le hizo caso y entonces el más grande lo golpeó. O sea que lo intolerable no fue ninguna agresión previa de la víctima. Fue su desobediencia. Su resistencia a dejarse someter por otro. El cadete más joven se sustrajo de la escena. No prestó su cuerpo al reconocimiento que el otro exigía. Ese pequeño “no” resultó insoportable porque puso en cuestión el lugar imaginario de dominio del agresor. Además de la brutal agresión, lo interesante es observar que ninguno de todos los demás cadetes testigos del hecho quiso prestar declaración en sede judicial. Pacto patriarcal y tapadera total.

Allí puede localizarse una diferencia decisiva entre amistad y sometimiento. Un amigo es alguien ante quien se puede decir que no sin que el vínculo se derrumbe. Puede discutir, disentir, apartarse e incluso señalar una injusticia. La amistad no elimina la diferencia: la soporta.

En Contramarcha relato una discusión con un cadete que se jactaba de haber participado en una violación. Cuando me tomó del cuello y amenazó con golpearme por haberlo llamado violador, otro compañero se colocó silenciosamente detrás de él y lo obligó a retroceder (Altisen, 2026, p. 102). Allí el vínculo entre pares no sirvió para encubrir a un integrante de la manada, sino para hacer posible que alguien le dijera que no.

Décadas después, ya sin uniforme, pude comprobar hasta qué punto ese derecho a disentir continúa siendo problemático. Cuando se publicó Contramarcha y concedí algunas entrevistas periodísticas cuestionando la educación en los liceos, varios de quienes hasta entonces consideraba como mis amigos excadetes, no soportaron que uno de los suyos tomara públicamente la palabra contra el relato común. Los más moderados se limitaron a expresar su desaprobación. Otros, con quienes había mantenido durante décadas un trato cercano, me comunicaron que preferían que “por ahora” dejáramos de hablar. Los más adoctrinados respondieron con una retahíla de insultos y amenazas.

En ese mismo contexto, el presidente de la Comisión de Padres de Alumnos del Liceo Militar General Belgrano se comunicó conmigo para hacerme saber que, en adelante, ya no sería invitado a los encuentros destinados a excadetes.

El dato no es menor: ninguno de ellos había leído todavía el libro. No reaccionaron, por lo tanto, contra mis argumentos, sino contra el hecho mismo de que uno de los propios hubiera roto el silencio y tomado públicamente la palabra.

No cuento estas reacciones como una queja. La exclusión no me pesa, pero el mecanismo me interesa. Tampoco constituyen una muestra estadística que autorice a generalizar sobre todos los excadetes. De hecho, muchos me felicitaron por escribir el libro e incluso me acompañaron en sus presentaciones. La reacción virulenta de los otros, sin embargo, es una comprobación biográfica del límite que vengo señalando: ciertas amistades liceístas admiten diferencias de profesión, partido o formas de ser y hacer, mientras ninguna de ellas cuestione la insignia compartida. La disidencia funciona entonces como una prueba de frontera. Quien critica desde afuera es un adversario; quien lo hace desde adentro corre el riesgo de resultar tildado como traidor. Curiosa fraternidad “para toda la vida”: resulta que puede quedar suspendida hasta nuevo aviso cuando uno de los “hermanos” deja de repetir a pie juntillas la versión familiar.

Cuando el desacuerdo es vivido como traición, cuando una negativa exige castigo y cuando hablar de lo sucedido significa romper el espíritu de cuerpo, ya no estamos en presencia de una amistad. Estamos ante una estructura de obediencia que ha tomado con eficacia unos cuerpos desde cuando eran cachorros.

En asados y otras reuniones, entre excadetes ya entrados en años y con un largo trecho recorrido, he escuchado narrar, sin mayor escándalo, conductas inmorales —como mantener trabajadores en condiciones de precarización, burlarse de los homosexuales, menospreciar a los pobres o banalizar los crímenes de la última dictadura— e incluso delitos cometidos por algunos de ellos, en ocasiones con la complicidad de otros excadetes. En ciertos casos no se trataba de rumores, sino de hechos ya probados y condenados por la Justicia. Todo eso puede ser absorbido como anécdota, chanza o indiscreción tolerable. Pero basta con que alguien se atreva a cuestionar al liceo para que la indulgencia se termine y la crítica sea respondida incluso con violencia.

La inversión resulta elocuente: el daño causado a otros puede ser perdonado; la herida infligida al ideal institucional, no. Así funciona esa “moral” corporativa.

El pacto de silencio no es la máxima expresión de la amistad. Es, con frecuencia, su negación.

El amigo no es quien encubre cualquier cosa que hagamos. Es quien puede impedir que nos convirtamos en aquello que de la boca para afuera decimos rechazar.

La raza y la manada

En julio de 2023, un artículo de opinión publicado en El Litoral definió a los liceístas como “una raza fuera de peligro de extinción”. El texto habló además de la “gran familia liceísta”, de una “comunión” superior a las diferencias ideológicas y religiosas, y del orgullo de “ser parte de la manada”. También describió, con inocultable elitismo, las objeciones dirigidas contra los liceos como ataques nacidos de la envidia, la ignorancia o el dogmatismo.

Las palabras resultan más reveladoras que cualquier crítica exterior.

Una raza no es una reunión de amigos. Es una categoría que supone compartir una esencia. Una manada tampoco está compuesta por singularidades que deliberan: se mantiene unida por reconocimiento mutuo, protección frente al exterior y respuesta colectiva ante la amenaza.

Cuando la pertenencia se imagina como una sustancia alojada en el “alma” de cada integrante, las diferencias dejan de ser verdaderas diferencias. A lo sumo pueden tolerarse ideologías, profesiones o religiones distintas porque todas ellas son consideradas secundarias frente a la identidad fundamental: ser liceísta. Así, la diversidad queda admitida siempre que no cuestione la pertenencia.

El grupo se presenta entonces como una ciudad amurallada. Adentro están la familia, los camaradas, los códigos compartidos y los recuerdos comunes. Afuera quedan quienes no comprenden, quienes critican, quienes supuestamente envidian o atacan.

La muralla protege, pero también impide el encuentro. Quien construye toda su identidad contra un exterior amenazante termina prisionero de aquello que levantó para defenderse.

La amistad, en cambio, no necesita convertir al extraño en enemigo. Puede atravesar la frontera, aproximarse a quien no pertenece y reconocer humanidad allí donde no hay uniforme, insignia ni historia común.

La calidad ética de una comunidad no se mide por la intensidad con que sus miembros se protegen entre sí. Hasta las organizaciones más crueles pueden desarrollar una formidable solidaridad interna. Se mide por su capacidad para responder ante el sufrimiento de quien no forma parte del círculo. Y eso es democrático, lo contrario es cuanto menos fascistoide.

Del apoyo mutuo al privilegio corporativo

Los círculos y asociaciones de excadetes no son necesariamente organizaciones oscuras. Cumplen funciones legítimas dentro del orden de la ley: reúnen promociones, conservan archivos, realizan actividades deportivas, sostienen obras, otorgan ayudas y acompañan a miembros que atraviesan dificultades.

Esa continuidad no es una abstracción. Escribí en Contramarcha que, al terminar el secundario, el lazo formado entre los cadetes “no se corta”: se prolonga mediante fraternidades, reuniones y grupos de WhatsApp, y ofrece una red a la que recurrir cuando alguno atraviesa dificultades (Altisen, 2026, p. 143).

El problema comienza cuando la solidaridad entre antiguos compañeros se convierte en privilegio de pertenencia. Para entenderlo no hace falta hablar de asociaciones secretas ni de extravagancias conspirativas. El asunto es más llano. Basta con preguntar en qué momento la recomendación se convierte en preferencia indebida; la ayuda, en intercambio de favores; la lealtad, en encubrimiento; y la discreción, en pacto de silencio. La intimidad producida por aquella experiencia puede adquirir un carácter hermético: “En las reuniones se siente una confianza familiar, que a veces roza la omertá: lo que pasa entre liceístas, queda entre liceístas” (Altisen, 2026, p. 144).

Las redes liceístas atraviesan profesiones, empresas, partidos políticos, dependencias estatales, fuerzas de seguridad, universidades, medios de comunicación y tribunales. Entre sus egresados hay figuras pertenecientes a tradiciones políticas radicalmente enfrentadas. Esa diversidad suele exhibirse como prueba del pluralismo institucional. Pero también puede leerse de otro modo.

Un breve repaso histórico permite advertir la amplitud de esa trama: hay exliceístas para todos los gustos.

Raúl Alfonsín compartió su paso por el Liceo Militar General San Martín con Albano Harguindeguy, quien llegaría a ser ministro del Interior de la última dictadura. Por esas mismas aulas pasaron Ricardo López Murphy, Esteban Righi, Avelino Porto, empresarios, científicos y dirigentes de procedencias muy diversas. Fernando de la Rúa egresó del Liceo Militar General Paz, en Córdoba, por donde también pasaron Luis Juez y antiguos integrantes de organizaciones guerrilleras de los años setenta, como Fernando Vaca Narvaja e Ignacio Vélez Carreras, por nombrar tan solo algunos. Otros liceos formaron a Julio Cobos, Guillermo Montenegro, Claudio Escribano y Alberto Cormillot.

La enumeración podría continuar, pero su extensión terminaría ocultando lo principal: el dispositivo consiguió inscribir una misma marca de pertenencia en personas que después ocuparon posiciones ideológicas, políticas y sociales enfrentadas.

Una marca, sin embargo, no es un destino. La institución no produjo en todos los mismos efectos ni pudo decidir enteramente qué haría cada uno con aquello que recibió. Raúl Alfonsín impulsó el Juicio a las Juntas; algunos excadetes utilizaron los conocimientos de táctica y organización militar adquiridos durante su formación para integrar y conducir organizaciones guerrilleras; otros convirtieron la experiencia liceísta en material de primera mano para ejercer el pensamiento crítico sobre aquella época oscura de la historia nacional y sobre las continuidades que llegan hasta nuestros días.

Algunos se identificaron plenamente con la marca recibida; otros la desviaron, la impugnaron o la volvieron contra el orden que había procurado imponerla. Esa diversidad de trayectorias no demuestra una suerte de “pluralismo” de la pedagogía castrense. Eso no existe. Demuestra, más bien, que ningún dispositivo consigue disponer por completo de los sujetos sobre los que actúa.

Prosiguiendo con el repaso histórico: en algunos casos, además, la coincidencia escolar reapareció en el ejercicio del poder. Durante su gestión, De la Rúa incorporó a antiguos compañeros del Liceo General Paz a su entorno gubernamental. Carlos Ruckauf, por su parte, llevó al Ministerio de Justicia bonaerense a Jorge Casanovas, otro egresado del Liceo General San Martín. Ninguno de estos episodios demuestra por sí mismo la existencia de una maquinaria general de favores, pero ambos vuelven legítima la pregunta por el peso que conserva una confianza formada antes de la vida política adulta.

Esa continuidad tampoco pertenece solamente al pasado. En la actual conducción militar, Oscar Zarich —egresado del Liceo Militar General Belgrano— ocupa la jefatura del Estado Mayor General del Ejército. Otro exliceísta del Belgrano, Luis Guimpel, conduce el Comando Conjunto de Ciberdefensa. Y Rafael Milillo, también formado en ese liceo, como jefe del Comando de Inteligencia del Ejército. Se trata de tres áreas estratégicas: conducción de la fuerza terrestre, defensa cibernética e inteligencia militar.

Por supuesto que la coincidencia institucional no constituye una suerte de acusación. Haber pasado por el mismo colegio no prueba corporativismo, y mucho menos delito alguno. Pero sí permite medir la persistencia de una red de reconocimiento cuyos integrantes pueden reencontrarse, décadas después, en lugares decisivos del aparato estatal.

Quizá la identidad liceísta no elimine las diferencias políticas porque se constituye antes de que las opciones ideológicas adultas terminen de consolidarse. Pero esa anterioridad biográfica no implica neutralidad. La fraternidad ya nace marcada por una pedagogía jerárquica, nacionalista, anticomunista y conservadora, de modo que las posiciones posteriores no ingresan en ella en condiciones de igualdad.

Se puede ser radical, peronista, liberal, socialista o conservador y continuar siendo reconocido como integrante de la hermandad. Sin embargo, por lo que conozco personalmente como excadete, en los círculos de antiguos compañeros predomina un sentido común de derecha. Las posiciones populares, socialistas o de izquierda suelen ser apenas toleradas mientras no cuestionen los relatos, valores y lealtades que sostienen la identidad compartida. Cuando lo hacen, la tolerancia puede convertirse rápidamente en descalificación, hostigamiento o exclusión.

La fraternidad liceísta, entonces, no suprime las diferencias: las ordena. Algunas posiciones son reconocidas como naturales y propias; otras deben justificar constantemente su derecho a permanecer en el círculo… o simplemente desaparecer de las reuniones.

La pregunta, en definitiva, no es si todos los liceístas actúan corporativamente. Sería una generalización injustificada. La pregunta es si la pedagogía del espíritu de cuerpo deja como marca una obligación de lealtad capaz de atravesar las responsabilidades públicas posteriores.

Una democracia no puede pedir a sus funcionarios que carezcan de amigos. Sí puede exigirles que la amistad privada no prevalezca sobre la ley común.

La memoria de los nuestros

La relación entre hermandad y política adquiere una renovada actualidad, a la que conviene prestarle atención. Como reconstruí en Contramarcha, la historia reciente de los liceos militares permite distinguir tres momentos.

El primero ocurrió en mayo de 2006, cuando se creó el Consejo Consultivo para la Reforma de la Educación de las Fuerzas Armadas, que proponía adecuar la formación militar a las exigencias de una sociedad democrática. A su vez, también en 2006, el Ministerio de Defensa propuso cerrar esos establecimientos, cuestionando la idoneidad de las Fuerzas Armadas para ocuparse de la educación de adolescentes. La iniciativa fue desactivada por la presión de la llamada “familia liceísta”, integrada no solo por grupos informales de camaradería, sino también por el Círculo de Ex Cadetes, la Mutual Liceana, la Fundación Liceana, la Unión de Oficiales de Reserva, asociaciones de padres y otras entidades organizadas (Altisen, 2026, pp. 147-148).

El segundo momento se desarrolló entre 2007 y 2010. En lugar de cerrar los liceos, se procuró democratizarlos: revisar los planes de estudio, incorporar una perspectiva de derechos humanos, modificar el régimen disciplinario y de internado, limitar el uso de armas, eliminar el pase automático de los egresados a la reserva y reemplazar la enseñanza religiosa obligatoria por “Problemáticas ciudadanas en la Argentina contemporánea”. La reforma encontró nuevamente la resistencia organizada de la “familia liceísta”, cuyos representantes interpusieron amparos judiciales. El proyecto terminó diluyéndose y solo pudieron aplicarse algunos cambios parciales (Altisen, 2026, pp. 148-149).

El tercer momento tuvo lugar en 2020, durante la presidencia de Alberto Fernández. El gobierno intentó retomar y completar las reformas anteriores: renovar los planes de estudio, sustituir las prácticas de tiro con armas de fuego por simuladores y suspender el pase automático de los egresados a la reserva hasta que se sancionara una ley específica. Otra vez, las asociaciones de excadetes y egresados denunciaron que se pretendía destruir la supuesta “esencia militar” de los liceos y desplegaron una fuerte resistencia contra las medidas (Altisen, 2026, pp. 150-151). Inclusive fueron inmediatamente judicializadas por grupos de padres: una sentencia de primera instancia declaró nulas partes de las resoluciones, aunque posteriormente el Ministerio Público Fiscal pidió revocar ese fallo y sostuvo su validez.

Los tres episodios no tuvieron exactamente el mismo desenlace. La propuesta de cierre fue desactivada; la reforma de 2007-2010 quedó reducida a modificaciones parciales; y el proyecto iniciado en 2020 fue resistido y, finalmente, desmantelado por el gobierno de Javier Milei, que anuló los cambios anteriores y presentó su contrarreforma como una recuperación de la “esencia” liceísta (Altisen, 2026, pp. 151-153).

Valga detenernos aquí para señalar que, en la actualidad, durante el gobierno de Javier Milei, el escenario es diametralmente opuesto a cualquier intento de reforma de los liceos desde la recuperación de la democracia. Tanto, que es posible desmentir a Charly: los dinosaurios no desaparecieron.

En efecto, el mileísmo, mediante el denominado “Plan Liceos Militares 2030” desmanteló los cambios introducidos por las reformas de 2010 y 2020 y presentó esa marcha atrás como una recuperación de la supuesta “esencia” liceísta. Bajo esa consigna, desplazó a los equipos y saberes pedagógicos de la conducción del proceso educativo y volvió a colocar la definición de sus lineamientos bajo la órbita de la Secretaría de Estrategia y Asuntos Militares. Al mismo tiempo, devolvió a cada fuerza un amplio margen de autonomía para organizar la instrucción militar, el régimen disciplinario, el internado, las evaluaciones, las normas, los horarios y hasta el marco teórico de los proyectos institucionales. En palabras menos burocráticas: “¡Afuera los pedagogos, volvieron los milicos!” (Altisen, 2026, pp. 151-153).

Esta contrarreforma reactivó, además, la matriz disciplinaria castrense consolidada durante los años de la dictadura. En efecto, vuelve a concebir la disciplina como “columna vertebral” de la formación, reafirma el estado militar de los estudiantes de los dos últimos años del secundario y restituye el adiestramiento con armas —primero mediante tiro deportivo y luego con armamento reglamentario— para adolescentes que todavía se encuentran bajo la tutela de la institución escolar (Altisen, 2026, pp. 152-156).

El retroceso adquiere una gravedad adicional porque estos establecimientos ya no alojan únicamente a cadetes que cursan el nivel secundario del sistema educativo. Desde 1995, los liceos incorporaron también los niveles inicial —con niños desde los tres años— y primario (Altisen, 2026, p. 146). Esto no significa, desde luego, que los más pequeños reciban instrucción militar, pero sí que las Fuerzas Armadas vuelven a definir el horizonte institucional de escuelas en las que se educan niños y adolescentes. La lógica del cuartel vuelve así a colonizar el espacio escolar precisamente allí donde las reformas democráticas habían intentado ponerle límites.

No es asunto de poca monta, ya que entre la red de los nueve liceos militares del país y el Instituto Social Militar Dr. Dámaso Centeno, el universo total consolidado en la órbita de educación dependiente de las Fuerzas Armadas y el Ministerio de Defensa supera los ocho mil estudiantes en todo el país. Para comparar: entre el Colegio Nacional de Buenos Aires y la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, ambos establecimientos dependientes de la Universidad de Buenos Aires (UBA), apenas suman entre los dos una matrícula total de aproximadamente cinco mil estudiantes.

Las sospechas sobre a dónde conducía el “Plan Liceos Militares 2030” no tardaron en hacerse evidentes. Carlos Alberto Presti ocupa el Ministerio de Defensa desde diciembre de 2025. Es hijo del coronel Roque Carlos Alberto Presti, quien estuvo al mando del Área 113 de La Plata, integrada en la estructura represiva del Primer Cuerpo de Ejército, y fue imputado por delitos de lesa humanidad, aunque murió sin llegar a juicio. En julio de 2026 se conoció la convocatoria del Ministerio de Defensa a una clase especial para estudiantes del Instituto Dámaso Centeno sobre lo que el gobierno de Milei da en llamar “memoria completa”. Según la investigación periodística que dio a conocer el hecho, los expositores ya venían recorriendo liceos militares con seminarios presentados oficialmente como mensajes de concordia y perdón. Mediante esas clases se pretende utilizar estas escuelas como usinas de adoctrinamiento negacionista. No sorprende, ya que, en tiempos de Milei, la reactualización de ese tipo de discurso no es inocente; refuerza el sujeto neoliberal autoritario que necesita el proyecto en curso.

La prédica de la llamada “memoria completa” ha desembarcado formalmente en las aulas de los liceos mediante seminarios obligatorios dictados por asesores ministeriales como Arturo Larrabure y Silvia Ibarzábal, vinculados a organizaciones que bregan por la amnistía y la salida de la cárcel de los perpetradores de crímenes de lesa humanidad. Al mismo tiempo, la gestión estatal desmanteló el Equipo de Relevamiento y Análisis Documental (ERyA), que aportaba pruebas a los juicios por delitos de lesa humanidad, y debilitó otros dispositivos de colaboración con Abuelas de Plaza de Mayo para la búsqueda de bebés robados durante la dictadura genocida.

Esta brutal arremetida de La Libertad Avanza pone de manifiesto que, en el furibundo contexto del capitalismo financiero, el Estado se achica al reducir su andamiaje legal a funcionar como una mera organización burocrática que administra los negocios de la clase económicamente dominante. Lo cual muestra que el Estado no desaparece ni se retira por igual de todas partes: desmonta las capacidades destinadas a investigar los crímenes del poder y fortalece aquellas que protegen los intereses de los grupos dominantes. La motosierra no corta a ciegas. Sabe qué archivos cerrar, qué investigaciones interrumpir y qué memorias convertir en materia de enseñanza.

La operación no parte de cero. Como advertí en Contramarcha, la reescritura de la historia circula desde hace años en ciertos círculos de excadetes, reuniones de camaradería y grupos de WhatsApp, muchas veces bajo la cobertura aparentemente inocente de la chanza (Altisen, 2026, p. 158).

Podría parecer que esta cuestión se aparta del tema de la amistad. En realidad, lo lleva a su dimensión política más profunda.

Toda memoria establece una distribución de proximidades. Decide a quiénes reconoce como víctimas, por quiénes se conmueve, qué sufrimientos vuelve visibles y cuáles relega al fondo de la escena.

La memoria corporativa recuerda ante todo a los propios.

El problema no consiste en reconocer el dolor de personas asesinadas por organizaciones armadas. Ese dolor merece ser reconocido. El problema aparece cuando esa memoria se utiliza para relativizar el terrorismo de Estado y el carácter genocida de sus prácticas, equiparar responsabilidades radicalmente diferentes o exigir una reconciliación sin verdad.

El perdón no puede convertirse en una materia obligatoria impartida desde el poder. Mucho menos cuando quienes poseen información sobre los desaparecidos continúan callando.

Solicitar concordia a las víctimas mientras se protege el silencio de los perpetradores no amplía la fraternidad. Refuerza la muralla.

No es amistad política. Es la vieja solidaridad corporativa, encerrada en el círculo clauso y enmohecido de los propios.

Una amistad sin uniforme

Una sociedad democrática necesita amistad. Lo han afirmado desde Aristóteles hasta el Papa Francisco. No necesariamente la intimidad afectiva de los vínculos personales, sino una amistad política: una disposición a compartir el mundo con quienes no piensan, no viven ni desean como nosotros.

Esa amistad no exige unanimidad. Requiere una ley común que haga posible el desacuerdo sin convertir cada diferencia en una guerra. No se funda en la semejanza, sino en la hospitalidad.

Una comunidad democrática no es la que consigue que todos hablen con una sola voz, sino la que reserva un lugar para la voz que todavía no encaja. No es la que refuerza indefinidamente sus murallas, sino la que las fatiga para que pueda atravesarlas alguien que llega desde afuera.

La amistad proporciona, además, una condición para el pensamiento. Nadie piensa verdaderamente rodeado solo de quienes le devuelven su propia imagen. Pensar exige confiar lo suficiente en otro como para permitir que una palabra inesperada altere nuestras certezas.

El amigo no es quien confirma que siempre tenemos razón. Es aquel cuya presencia nos permite soportar que podríamos estar equivocados.

Por eso una pedagogía de la amistad no debería producir hermanos idénticos, sino personas capaces de alojar la diferencia. No debería enseñar a cerrar filas, sino a abrir conversaciones. No debería celebrar el silencio como si fuera lealtad, sino la palabra como responsabilidad.

Este 20 de julio, muchos excadetes volverán a reunirse. Brindarán por compañeros a quienes conocen desde hace cuarenta, cincuenta o más años. No hay nada objetable en eso. Los afectos no deben ser impugnados por el lugar donde nacieron. Lo que sí merece ser interrogado es el uso que la institución hace de esos afectos. Que unos adolescentes hayan podido cuidarse en medio del internado demuestra la humanidad de esos adolescentes, no la humanidad del internado. Que se hayan acompañado durante las sanciones no convierte las sanciones en necesarias. Que hayan compartido el dolor no vuelve pedagógico al dolor.

Tal vez las mejores amistades que algunos encontramos en el liceo no sean la prueba de lo que la institución hizo por nosotros, sino de lo que pudimos hacer unos por otros frente a aquello que la institución hacía con nosotros.

El 20 de julio los excadetes podríamos brindar por esos amigos de verdad.

No por la pedagogía castrense que todavía intenta adjudicárselos.

Referencia bibliográfica:

Altisen, C. (2026) Contramarcha: Un trayecto por el secundario de los milicos. Prohistoria ediciones.

Disponible en: https://prohistoria.com.ar/#!/producto/3086/

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