
Por Martin Favale –
No era aún la hora en que el día comienza a asomar en el horizonte, sino el tiempo roto entre guardias. El calabozo olía a metal húmedo mezclado con cuero viejo y un frio sudor secándose en los rincones del pabellón; un olor agrio que parecía desprenderse desde las paredes, esas paredes pintadas de un gris aceitoso que había presenciado la costumbre del odio. Cada superficie devolvía murmullos como si fuesen ecos de torturas pasadas: voces de hombres que habían gritado y a los que la noche había devorado. Octavio y Ariel estaban en cuclillas, con las manos sobre las rodillas y la espalda apoyada contra la pared, no por comodidad, sino para impedir que el temblor les hiciera perder la compostura. Venían de una noche que no había sido para nada apacible, gritos ahogados, pensamientos de tortura, un golpe que sonaba demasiado cerca, el llanto frenado de un muchacho que recién conocían, y pasos, esos pasos que volvían a resonar como un martillo que anuncia un veredicto al igual que un corazón delator.
El ruido llegó primero como un rumor: botas distintas, cadenas, el sonido de papeles doblados de quien cree tener la ley en su puño. Luego la puerta se abrió con una afirmación brutal. Entraron los comandos civiles —hombres enviados para la revancha del intento de rebelión, con la sed de humillar, por la noche que los amparaba— y lo hicieron con la coreografía de quienes imponen el terror como una representación pública. No venían a equivocarse de prisionero, traían listas, nombres, señalamientos, y la convicción de que quebrar un cuerpo era un acto de patriotismo.
El jefe del grupo era un hombre ancho, de mandíbula tensa, con la mirada de quien se cree una verdad entera concentrada en su rostro. Caminaba con un aire de propietario, como si la vida de cada preso fuese un objeto descartable. Señaló a dos o tres como si fueran muebles mal colocados. Los demás, temblando, se pegaron más a la pared. Hubo insulto, empujones que querían dejar marca en en la memoria. Nunca mencionaron la palabra justicia; usaron en cambio palabras más primitivas: “escarmiento”, “limpieza”, “orden”.
Octavio apretó los dedos hasta clavarse las uñas. Ariel sintió un frío en la nuca, un frío que parecía rezar sin palabras. En ese instante no era cura ni militante ni prisionero; era un hombre frente a otro hombre que podía quebrantar su alma.
Uno de los comandos, más joven que los demás —un muchacho de no más de veintidós años, con la mandíbula aún imprecisa y el temblor de quien no sabe si está orgulloso o asustado— empujó a un preso hasta un rincón y le arrancó el único abrigo que tenía. Su gesto tenía algo de animal excitado por la autoridad, pero sus ojos tenían un brillo distinto: una sombra de duda. Rompió una foto que el prisionero guardaba en el bolsillo; el rostro de la mujer en la fotografía quedó hecho un papel desgarrado. El preso no gritó; solo apretó los labios hasta que le sangraron. El joven comando bajó la vista un segundo, como si ese pequeño destello de humanidad lo desbordara, pero enseguida recuperó el gesto endurecido; la máquina no admite grietas.
Fue Octavio quien lo vio mejor: esa vacilación microscópica, esa contradicción interna. Y por un instante, pensó: “Ni siquiera ellos son lo que parecen; también aquí hay almas rotas antes de romper otras, ¿Qué convierte a un hombre en una bestia, es que acaso el ser humano es por naturaleza bueno, apacible, afectuoso e inclinado al amor y la colaboración? ¿Acaso son las injusticias de la sociedad, la crianza, la desigualdad, las ideologías mal encausadas, los dolores de la vida y las instituciones lo que convierte a algunos en bestias? ¿O acaso es al revés, los humanos tenemos una bestia instintiva con impulsos agresivos y crueles que son aplacados por las leyes, la cultura, las normas, la costumbre y la socialización, pero en muchos esto falla y sale a la luz el monstruo que todos tenemos maniatado?”. Y la pregunta que más empezaba a resonar en la cabeza de ambos. ¿Se puede diseñar monstruos desde las estructuras de un poder cruel? En mi mente, siempre giro en esa pregunta de cuanto margen para actuar nos dejan las estructuras. Por eso estoy de acuerdo con la gran y famosa frase de Sartre. «Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros» pero la interpretó distinto que David. Él solo repite lo que escuchó de algún filosofo que la definió en su programa de filosofía. Es explicación no me termina de conformar. No digo que David no sepa, es de las personas que más admiro intelectualmente. Pero él dice cuando define esa frase. «Nos condicionan las estructuras, el lenguaje, el inconsciente, las condiciones sociales etc. Pero llega un momento en que yo digo una palabra nueva, decido hacer» no me parece convincente. Creo que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros es más profunda. Yo lo imagino más como dentro de eso que hicieron de nosotros actuamos, pero dentro siempre. No, nos condiciona todo hasta que hacemos algo nuevo que decidimos, no son dos etapas, decidimos dentro de un margen muy estrecho. Porque cuando la gente escucha «las estructuras nos condicionan» suele imaginar algo abstracto: la sociedad, la cultura, la clase social. Pero las estructuras también son cosas muy concretas.
Una casa, una mesa donde se cena, una madre que estudia, nn padre que trabaja, un amigo, un potrero, un colegio, una abuela.
A veces escapamos hacia otras estructuras.
Mientras en algunas casas hay violencia, consumo, conflictos y tensión, uno inconscientemente escapa a otros espacios que pueden o no ofrecer modelos distintos de vida.
La casa de un amigo te puede mostrar algo tan simple como que una familia podía discutir sin insultos. Que una madre podía trabajar y estudiar. Que un padre podía tener defectos —tomarse su vino, llegar a veces borracho— y aun así levantarse para ir a la fábrica y sostener a su familia.
Porque uno aprende mucho más por observación que por discursos.
Muchos chicos que viven situaciones difíciles abandonan la escuela o buscan alejarse de ella. En cambio, otros pueden vivir la escuela como un refugio.
Y después pueden aparecer otras estructuras, el fútbol por ejemplo.
Cuando recuerdo que callejeaba todo el día jugando en el potrero, algunos podrían pensar que estaba perdiendo el tiempo. Pero el potrero también es una institución informal. Ahí aprendés códigos, amistades, pertenencia, reconocimiento, competencia, cooperación.
Si uno mira su historia desde una perspectiva muy determinista, debería concluir que tenías muchas probabilidades de repetir ciertos patrones familiares.
Y sin embargo no siempre ocurre asi.
Ahora bien, tampoco podemos definir esto en una lectura puramente sartriana de que nos hacemos a nosotros mismos». Porque lo que tenemos muestra justamente que hay personas e instituciones que nos sostienen.
Abuela, amigos, la familia de tus amigos, la escuela, el fútbol, la familia que uno forma, más tarde la universidad, los libros, la historia, la filosofía.
No escapamos nunca a las estructuras, pasamos de unas a otras.
Y si nos salvamos de ser malas personas es que nos salvan otras estructuras.
Y quizás ahí esté el punto de encuentro entre mi intuición estructuralista y la frase de Sartre que tanto me gusta
«Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.»
Porque no elegimos la familia en la que nacemos. Pero sí parece que inconscientemente, vamos buscando otros lugares donde aprender a vivir.
A veces la influencia más profunda sobre una vida no viene de las grandes ideas. Viene de ver, todos los días, que otra forma de vivir es posible. No, las libertades no aparecen desde afuera de las estructuras. Actuamos desde dentro de ellas. Toda forma al sujeto que decide. La decisión existe, somos lo que hacemos, pero poniendo el acento en la segunda parte, “con lo que hicieron de nosotros” es decir, la libertad de decidir no opera en el vacío, opera sobre una materia prima que ya viene dada. No elegimos cualquier cosa. Elegimos desde una posición histórica, cultural, familiar y psicológica determinada, no somos libres en el sentido literal de la palabra. No somos libres porque escapamos de lo que nos moldea. La libertad está dentro de los estrechos marcos en que nos encontramos constituidos.
Ariel miró a Octavio. Fue una mirada breve, pero cargada de un entendimiento silencioso. Los comandos no eran accidentes de la crueldad, eran el anticipo de algo más vasto, más oscuro. Eran la avanzada de una doctrina nueva que empezaba a germinar en Ciudad Católica, importada de la guerra de Argelia. La guerra donde el enemigo no es un ejército al frente, sino el vecino, el estudiante, el obrero, el padre de familia, un docente. Era el nacimiento del enemigo interno. Ese pensamiento, rápido y brutal, pasó por la mente de Octavio “Esto recién es el comienzo de una crueldad sin límites”.
El jefe del comando pasó cerca, arrastrando su sombra como un látigo, y lanzó una frase que sonó a sentencia:
—Acá muchos van a hablar. Acá las palabras se sacan con hierro.
La frase cayó como una piedra fría. Octavio sintió que algo invisible se partía: la frontera entre callar y convertirse en objeto. Ariel tragó saliva y pensó que incluso Dios parecía haberlo abandonado en ese calabozo sin aire. Por momentos duda de su camino elegido, ¿será acaso un castigo por haberme desviado del camino que elegiste para mi?, pero inmediatamente piensa en Ciudad Católica y vuelve a creer que eligió bien estar donde está. No es descabellada la idea de sacrificio por el bien de los desprotegidos, como Cristo que caminó en sandalias junto con los desposeídos del imperio
—Tenemos que escaparnos —murmuró Octavio, con una voz tan baja que parecía rezar.
Ariel tardó un segundo en responder. Ese segundo fue un territorio entero. Octavio lo sacó de su ensimismamiento.
—Si no lo hacemos —dijo—, nos van a convertir en algo peor que muertos.
Ariel asintió con un gesto mínimo.
—No sé cómo —respondió—. Pero hay una forma. Toda prisión tiene una fractura.
Octavio se llevó la mano al pecho, sintiendo cómo el corazón golpeaba con la fuerza de alguien que quiere vivir.
—Lo tenemos que intentar por los que están afuera —musitó—. Por Romina… por los amigos.
Ariel cerró los ojos un instante. Una imagen fugaz, apenas un destello, cruzó su mente, su infancia, las convicciones que lo llevaron a elegir la fe, el jardín de magnolias húmedas que amaba de niño en su hogar.
—Y por ellos —dijo—. Por los que arriesgan su vida sin todos los días.
Ese recuerdo los sostuvo, como un hilo que une dos mundos distintos; el de la brutalidad y el de la dignidad.
Los comandos siguieron su recorrido por el calabozo como si inspeccionaran ganado. Golpearon a un hombre en la boca con la culata de un fusil. Otro fue arrastrado por el pasillo, gritando, y el eco de ese grito se quedó colgado en el aire como una nube negra. La noche en la Argentina de ese junio era una fábrica de miedos.
El joven comando, el de la duda, pasó junto a Ariel y lo miró. Fue una mirada rápida, nerviosa, pero en ese instante Ariel vio algo devastador: un chico que podría haber sido un hermano suyo, un chico que quizás había tenido una madre que le rezaba, un chico que ahora estaba aprendiendo a torturar.
—¿Tenés algo que decir, cura? —dijo el joven.
—No —respondió Ariel con calma—. Solo que esto te va a dejar mas marcas a ti que a mi.
El muchacho palideció y dio un paso atrás. El jefe del comando lo empujó hacia adelante.
—No te distraigas, pendejo.
Los golpes continuaron. Las órdenes eran repetidas como una letanía enferma. En un momento, un guardia viejo —no un comando, sino un hombre quebrado por demasiados turnos, demasiadas noches— dejó caer un cigarrillo entre las tablas. Fue un gesto mínimo, casi ridículo, pero para Ariel y Octavio fue una señal: la máquina no era perfecta. Ni siquiera el terror lo es. Siempre hay una gotera en el techo del infierno.
—Hoy o mañana —dijo Octavio, mirando la rendija de luz que se filtraba por la puerta—. Hoy o mañana, Ariel. Tenemos que aprovechar la primera grieta.
Ariel respiró hondo.
—Hoy no —dijo—. Están muy excitados. Pero mañana… mañana vamos a aprovechar la primera oportunidad que se nos presente.
—Si esperamos demasiado —dijo Ariel—, no vamos a tener cuerpo para correr.
—Ni alma —respondió Octavio, y su voz sonó como una confesión.
La noche siguió con su rutina diabólica: bofetadas, quejidos, cadenas. Cada sonido parecía anunciar una muerte posible. A eso de las cuatro de la mañana, se escuchó un ruido que les heló la sangre: una llave girando lentamente del lado de afuera.
Octavio y Ariel quedaron rígidos. Podía ser un traslado, una tortura, un fusilamiento encubierto. La llave giró… se detuvo… y luego retrocedió.
—Nos salvamos —susurró Ariel, como si agradeciera a un dios cansado.
Octavio apoyó la cabeza contra la pared.
—O alguien dudó —dijo—. O alguien tuvo miedo.
Ese ruido se convirtió en el preludio de la decisión. Acordaron un gesto, una señal mínima, una palabra que pronunciarían si la ocasión aparecía. No planearon rutas, ni horarios, ni guardias. No podían. Pero sí hicieron lo único que en esa hora era posible: pactaron la idea de que no iban a dejar que los destrozaran sin luchar.
—No quiero que me conviertan en un hombre vacío —dijo Ariel con un hilo de voz.
—Entonces no lo permitas —respondió Octavio—. Yo tampoco lo voy a permitir.
El pacto quedó sellado.
Cuando la puerta se cerró y los comandos se fueron apagando por el pasillo, ambos respiraron al mismo tiempo. No era alivio. Era la conciencia de que habían cruzado un umbral interno. Afuera, la noche seguía indiferente, indiferente como el país entero. Adentro, dos hombres se preparaban para torcer su destino.
Y esa preparación —más que cualquier arma o herramienta— les devolvía algo que les estaban tratando de arrancar desde que los habían traído allí: la posibilidad de elegir quiénes serían
EL UMBRAL
En el penal se podía respirar el miedo. En los corredores ya no hacía falta gritar: bastaba con el ruido de las llaves para que el aire se pusiera rígido y los nervios de los detenidos de punta.
Los pasillos eran angostos, con las paredes deterioradas, rayadas por antiguos nombres y fechas que los presos habían dejado como restos de naufragios; el piso, de cemento agrietado, reflejaba en charcos las luces amarillas de los tubos que parpadeaban. Cada vez que un guardia pasaba, la hilera de puertas metálicas vibraba levemente, y los cuerpos tras esas puertas se tensaban como animales acorralados.
Ariel y Octavio llevaban semanas en ese compás de respiraciones contenidas, donde cada día era más angustiante que el anterior, salvo por el correr distinto del cansancio. Se sentaban en la cama angosta o caminaban de punta a punta en la celda, contando los pasos, memorizando cada grieta, cada clavo torcido, como si en esos detalles hubiera una salida. Planeaban escaparse, pero no tenían idea de cómo hacerlo, la vigilancia era estricta.
Después de la irrupción de los comandos civiles, nada volvió a ser igual. Los que sobrevivieron a las golpizas y torturas sabían que la muerte y el dolor acechaban a la vuelta de los pasillos, pero no cuando seria la próxima ola de terror. Se escuchaban nombres arrastrados en la madrugada, promesas de confesiones a cambio de evitar las torturas, plegarias que terminaban en un golpe violento.
A veces, desde la celda, Ariel veía pasar siluetas arrastradas, hombres sostenidos de los brazos, con la cabeza caida y las piernas flojas, casi colgando. Otros volvían con la mirada perdida, apoyándose en la pared para no caer. Los guardias caminaban con paso seguro, botas firmes, el gesto duro, sin cruzar la vista con nadie; parecían piezas de un mecanismo más que personas, ejecutores de una tarea que no necesitaba palabras, que era como un engranaje mecanico que funcionaba sin conciencia, por si solo.
El jefe de los comandos volvió esa noche. Venía ebrio, y con él tres hombres que olían a wiski. Entraron pateando y el silencio de la noche se rompió, dicen que van a “terminar la limpieza”. Uno de ellos llevaba una lista en una hoja manchada de sangre. Ariel vio su propio apellido, mal escrito, pero legible. Octavio también lo vio, y entendió sin palabras: el próximo turno era el suyo.
El jefe, con la camisa a medio abotonar y la corbata floja, avanzaba dando pasos algo torpes, pero sus ojos, inyectados y brillosos, seguían siendo precisos, crueles. Agitaba la lista como si fuera un arma. Los otros, detrás, se reían con una mueca torcida, golpeando con los nudillos las rejas como para probar su resistencia. Ariel sintió que el papel con su apellido era una condena adelantada; apretó los puños, tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. Octavio, al cruzar fugazmente su mirada con la de él, apenas inclinó la cabeza: no había nada que decir.
Cuando el grupo se alejó, el penal respiró como un animal exhausto. El eco de las botas se fue apagando por el corredor hasta quedar reducido a un murmullo lejano. Algunos presos se recostaron contra la pared, otros se taparon la cara con las manos, como si quisieran borrar la escena. Fue entonces cuando Octavio habló, sin mirar a nadie.
—Si no salimos ahora, no salimos más.
La frase quedó suspendida en el espacio estrecho de la celda, rebotando en las paredes húmedas. Ariel la pronunció con la vista fija en el suelo, pero con la mandíbula tensa, como quien acaba de tomar una decisión irreversible.
Ariel no respondió enseguida. En su mirada se veía la aritmética del riesgo, el cálculo imposible entre el miedo y la esperanza. Sus ojos iban de la puerta a la pequeña ventana enrejada, del rostro de Octavio a la cama de hierro, como si en cada objeto buscara un dato más para decidir.
—¿Y si nos matan antes de cruzar el portón? —preguntó.
Ariel sonrió con un gesto amargo. El labio inferior le tembló apenas, y tuvo que humedecerlo con la lengua para que la voz le saliera firme.
—Entonces, al menos, no moriríamos esperando.
El turno de noche era famoso por su desidia. Los guardias, hartos del tedio, jugaban a las cartas en la garita principal. Se los veía sentados alrededor de una mesa de madera maltrecha, inclinados sobre los naipes, discutiendo en voz baja, levantándose sólo cuando el reglamento los obligaba. En el pabellón, el viejo de uniforme gris —el que a veces los miraba con compasión— apagó un cigarrillo y fingió no ver nada. Sus hombros caídos y sus movimientos lentos lo hacían parecer más cansado que cruel. Octavio lo intuyó; el hombre no iba a ayudarlos, pero probablemente tampoco iba a delatarlos. En tiempos así, la indiferencia podía ser una forma de colaboración, al menos tenían que intentarlo.
Aprovecharon la confusión del cambio de guardia. Un preso común comenzó con un ataque de tos; el celador corrió a ver. El hombre se dobló sobre sí mismo, llevándose las manos al pecho, golpeando con el hombro la reja, mientras el guardia abría la puerta con gesto impaciente. Ariel y Octavio se deslizaron por el pasillo lateral con la lentitud de los que saben que un paso en falso puede ser el último. Caminaban pegados a la pared, casi rozándola con los hombros, conteniendo la respiración cada vez que escuchaban un ruido cercano.
En el extremo había una puerta vieja, olvidada, que daba al lavadero. La madera estaba hinchada por la humedad, pero cedió con un golpe seco. El golpe resonó como un trueno en ese silencio, y ellos se quedaron inmóviles unos segundos, esperando oír un grito, un “¡alto!”. Nada. Siguieron.
Detrás, un corredor más estrecho, una fila de caños que goteaban, y al fondo, una ventana con barrotes carcomidos. Las paredes estaban cubiertas de manchas oscuras, y el piso inclinado formaba pequeños charcos donde se reflejaban, temblorosas, las luces lejanas. Octavio pensó en sus amigos, sus familiares; en el mismo ante los fusiles la noche del simulacro; y en la tortura, como podía un hombre torturar a otro sin ningún tipo de compasión, que clase de humanidad es la que soporta la tortura y las suplicas con esa indiferencia por el dolor de un semejante. Mientras avanzaba, veía superpuestas las imágenes: el paredón, los hombres alineados, los fusiles en alto, los cuerpos cayendo. Esa imagen le dio impulso para salir a luchar por un mundo mejor.
Un trueno retumbó lejos; la ciudad temblaba bajo una tormenta o bajo otra razzia, era difícil distinguirlo. Las chapas del techo vibraron, y por las hendijas de la ventana se colaban destellos intermitentes de luz lejana. En la confusión, la sirena del penal comenzó a sonar; alguien había escapado o lo parecía. El sonido cortó la noche como un cuchillo, encadenando gritos, órdenes, carreras. Ariel y Octavio no sabían si el alboroto era por ellos, pero ya no importaba. Se movieron como sombras hacia la ventana. El marco se astilló con un sonido que a ellos les pareció un disparo. Ariel apoyó el hombro con fuerza, sintiendo el metal vibrar, y Octavio empujó con ambos brazos hasta que el hierro cedió.
Cruzaron el hueco uno detrás del otro. Afuera, la lluvia les pegó en la cara como una advertencia. Las gotas les resbalaban por el pelo, por las cejas, les entorpecían la vista. El suelo era barro, y los zapatos se les volvían cada vez más pesados a cada paso. Se hundían hasta los tobillos, levantando salpicaduras que les manchaban el pantalón. Corrían sin dirección, guiados sólo por el instinto de huir de los muros.
Detrás, los reflectores barrían el terreno con miras de luz que parecían sicarios. Las franjas luminosas se deslizaban por el terreno, buscándolos, trepando alambrados. Una voz gritó “¡Alto!”, otra respondió con un tiro al aire. Ariel sintió el silbido cerca del oído. Agachó la cabeza por reflejo, encogiendo los hombros. Octavio trastabilló, cayó, se levantó tambaleando. Sus manos se clavaron en la tierra embarrada para impulsarse, las rodillas raspadas ardían, pero siguió. Ariel lo sostuvo del brazo, casi cargándolo, tirando de él hacia adelante con los dientes apretados. La lluvia borraba las huellas, y el miedo se convertía en motor.
Cruzaron un alambrado, luego otro. El metal les rasgó un poco la ropa y les dejó líneas rojas en la piel cuando se engancharon en los alambres. Un perro ladró, pero nadie acudió. El animal tiraba de la cadena, frenético, pero su dueño no aparecía en la oscuridad. Llegaron a un baldío lleno de chatarras oxidadas. Pedazos de autos, restos de máquinas, viejas ruedas y chapas amontonadas formaban siluetas irregulares en la penumbra. Caminaban entre los hierros descartados, cuidando de no tropezar de no cortarse. Desde allí, se divisaban los muros del penal: altos, coronados por torres que ahora parecían lejanas, casi irreales, como si pertenecieran a otro mundo del que ellos hubieran sido expulsados.
Ariel respiró hondo. Se dobló hacia adelante unos instantes, apoyando las manos en los muslos, intentando ordenar su respiración.
—Ya no hay vuelta atrás, ya no nos pueden alcanzar —dijo.
Octavio siguió corriendo, empapado, exhausto. El agua le chorreaba de la frente, se le pegaba la camisa al cuerpo, los pómulos se le marcaban por el esfuerzo.
—Todavía no estamos libres.
En el borde del baldío, bajo un toldo de zinc, había un camión viejo, con el motor encendido, con las luces apagadas. El humo del escape subía en una columna dispersa por la lluvia. Del interior bajó un hombre, con la mirada encendida. Llevaba un piloto oscuro y un gorro hundido hasta las cejas, y caminaba con paso rápido hacia el café de la estación de servicio. Se ocultaron para que no los viera, agachándose detrás de una montaña de hierros retorcidos, conteniendo hasta el ruido de la respiración. Antes de que este volviera a subir al camión se metieron en el interior del acoplado, muy sigilosamente para que el chofer no se diera cuenta. Levantaron la lona apenas lo necesario, se deslizaron adentro y se acomodaron entre cajones y bultos, encogidos, tratando de no mover nada.
—Casi —dijo Ariel muy silenciosamente, y la palabra se le quebró en la boca. Sus labios apenas se movieron, como si tuviera miedo de que incluso el murmullo pudiera delatarlos.
El motor del camión rugió. Dentro, en silencio, Ariel y Octavio habían logrado escapar de la prisión. La vibración del vehículo los sacudía en cada bache; se aferraban a los bordes del acoplado para no caerse, chocándose los hombros de vez en cuando y luego volviendo a quedar quietos, atentos a cualquier frenada brusca.
Durante el trayecto no hablaron mucho. Ninguno quería romper ese milagro frágil. El tiempo parecía medirse por los cambios de marcha, por las curvas, por los frenazos breves. El viento entraba por las rendijas y se podía respirar la libertad. Pequeños hilos de luz se colaban por los intersticios de la lona, dibujando líneas móviles sobre sus rostros. Ariel miraba por un agujero en el acoplado y veía pasar los árboles como sombras que huían con ellos. Cada tronco, cada poste de luz, era una prueba de que se alejaban. Octavio, sentado frente a él, tenía las manos sucias de barro y el rostro pensativo sin mediar palabra con Ariel. Tenía la vista baja, clavada en sus propios dedos entrelazados, que se abrían y cerraban como si necesitaran comprobar que todavía estaban ahí.
Aproximadamente hicieron unos veinte quilometros y pararon a cargar combustible, fue la oportunidad justa para salir del camión y empezar a buscar una orientación de donde estaban, por lo pronto, el peligro se había alejado, al menos un poco, pero de seguro los estarían buscando por todos lados. El camión se detuvo con un pequeño sacudón y el motor quedó en un ronroneo cansado. Se oyeron pasos, voces breves, el ruido metálico de la tapa del tanque de nafta. Salieron de un salto del acoplado y corrieron agachados hasta un baño que se encontraba en reparación a unos diez metros del café de la estación de servicio, con las paredes a medio revocar y un andamio apoyado en un costado. Allí lograron lavarse un poco y a sus prendas para no despertar sospechas. Se sacudieron el barro de los pantalones, se peinaron con las manos, intentaron darle a sus rostros una expresión más serena, menos perseguida. Se miraron un segundo en el espejo manchado del baño, sin reconocerse del todo.
Salieron del lugar y comenzaron a reconocer las calles, estaban, al parecer en la localidad de William Morris, tenían que llegar de alguna manera a encontrarse con sus amigos. Las veredas angostas, las casas bajas con pequeños jardines delanteros, algún perro atado en la entrada, les daban una vaga familiaridad. Los carteles de las esquinas, iluminados por faroles dispersos, confirmaron la sospecha. Cruzaban la calle mirando hacia todos lados, cuidando de no quedarse nunca demasiado tiempo en un mismo punto.
—Esperaremos a que se nos seque un poco la ropa y tomamos un taxi, es la manera más segura para no despertar sospechas, y en barracas le pedimos plata a los muchachos, ya son casi las dos de la mañana, cuando lleguemos estarán despiertos para ir a trabajar—Dijo Ariel.
Mientras hablaba, se sentó en un umbral, con la espalda contra la pared, estirando las piernas para aliviar el dolor. Sus dedos se entretenían estrujando la tela húmeda del pantalón.
Octavio asintió.
—esperemos una hora hasta que se nos seque un poco y vamos a buscar un taxi.
Se acomodó a su lado, apoyando los codos en las rodillas, mirando de reojo cada vehículo que pasaba, por pocos que fueran a esa hora.
El silencio que siguió no fue vacío: era una oración sin palabras, una comunión de los que habían sobrevivido para dar testimonio del horror. Cada tanto, uno de los dos se movía apenas, cambiaba de posición, cruzaba los brazos para protegerse del frío. Miraban el cielo encapotado, las ventanas oscuras de las casas, las luces lejanas de algún colectivo solitario, y en ese paisaje quieto se sentían extraños y, al mismo tiempo, devueltos al mundo.
Se hicieron las tres, pero ningún taxi pasaba por el lugar, caminaron y caminaron en sentido a Capital federal hasta que cruzaron la avenida General Paz, estaban en Liniers, decidieron continuar a pie, hasta que vieron un colectivo que iba para Barracas. La avenida se extendía ancha frente a ellos, con los pocos autos de la madrugada cruzándola como destellos veloces. Al otro lado, la ciudad cambiaba de fisonomía: más luces, más ruido, más movimiento, aunque fuese mínimo.
—No tenemos dinero—Dijo Ariel.
—Vamos a decir que nos asaltaron y se llevaron nuestras pertenencias—respondió Octavio con firmeza.
Mientras hablaba, se enderezó, se acomodó la camisa y trató de adoptar un aire de hombre agotado pero digno, alguien que había pasado por un mal momento pero que no tenía nada que ocultar.
Así lo hicieron, cuando el colectivo se detuvo y bajaron por fin en Barracas, se dirigieron a la casa de Octavio, ambos con paso firme pero cansado, con una mezcla de alegría por estar tan cerca de ver a los suyos, y tristeza por los momentos de crueldad vividos en el penal. Caminaban pegados, hombro con hombro, como si uno sostuviera al otro.
Golpean, la mirada de Romina fue de incredulidad, alegría y desconcierto, ¿Se habían escapado? ¿Los dejaron salir? Pero ¡Sin avisar a ningún familiar? ¿Qué sucedió?, no pudieron contener las lágrimas y se lanzaron uno a los brazos del otro. Romina se llevó primero las manos a la boca, como para ahogar un grito, y luego corrió hacia ellos, chocando su cuerpo contra el de Octavio con una fuerza que venía de meses de angustia acumulada.
Romina fue la primera en hablar:
—Pensé que este momento no iba a llegar nunca.
Sus ojos brillaban, y la respiración le salía entrecortada por el llanto. Sus dedos se aferraban a la camisa mojada de Octavio, como si temiera que se desvaneciera de repente.
Octavio le sonrió con la serenidad de los que ya han cruzado el infierno. La miró despacio, recorriendo su rostro, sus ojos, su pelo desordenado, memorizando cada detalle como quien confirma que la vida existe.
—Ni nosotros. Pero del infierno también se puede salir.
Ariel se quedó un momento mirando las brasas de la salamanca. Se había sentado en una silla cerca del fuego, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas, dejando que la vista se perdiera en el juego de luces rojas y anaranjadas. La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro de esa precariedad había algo parecido a la paz. El crujido ocasional de la leña era el único sonido que interrumpía el silencio. Recordó al guardia viejo, al cigarrillo que cayó entre las tablas.
Entendió entonces que la fuga no había sido sólo un acto de supervivencia. Había sido la afirmación de que todavía existía algo por lo que valía la pena arriesgar la vida: la dignidad. Y esa certeza, más que el escape, era la verdadera victoria.
La lluvia había dejado la ciudad como un charco. Los charcos en las esquinas reflejaban las luces de los faroles y las ventanas encendidas, deformándolas en círculos cuando alguna gota tardía caía.
Barracas olía a carbón y a agua estancada; el barrio parecía dormir con un ojo abierto. Las calles empedradas brillaban, y los coches viejos, apoyados contra los cordones, parecían animales cansados. En uno de ellos, pintado de un ocre gastado y con un portón de chapa abollada, estaban Octavio, Ariel y Romina a la espera del amanecer. Desde el interior, a través de la hendija de la persiana, se filtraba una claridad tenue, suficiente para dibujar sombras sobre las paredes.
Fue un reencuentro inesperado, como el regreso de los que volvieron de un naufragio. La casa —dos piezas, un patio y una cocina con paredes descascaradas— era el refugio que habían tenido antes del golpe, cuando creían que la historia tenía para ellos un buen lugar. Ahora era apenas un pedazo de mundo que los aceptaba. La mesa de madera marcada por años de uso, las sillas desparejas, el catre en un rincón, todo parecía pequeño para tanto dolor, y sin embargo alcanzaba. Brevemente le relataron su odisea.
Llamaron al resto de los muchachos para sentirse acompañados antes que se fueran al trabajo. Romina salió para la casa de Gerardo, Maxi y Nahuel, habló rápido, en susurros apurados que vayan urgente para la casa, que los esperaba con el mate.
Romina preparó mate amargo mientras llegaba el resto. Se movía por la cocina con gestos mecánicos, abriendo la alacena, calentando el agua, buscando la yerba en una lata abollada, pero en cada movimiento había una delicadeza consciente, como si poner la pava al fuego fuera también un acto de reparación. Al llegar, no pueden creer que Ariel y Octavio estuvieran ahí. Algunos se quedaron detenidos en el umbral, como si dudaran de sus propios ojos. Otros se acercaron de inmediato, tocándoles el hombro, estrechándoles la mano, abrazándolos con torpeza.
Contaron todo lo que habían vivido en el penal, los simulacros de fusilamiento, la tortura de Ariel, los maltratos psicológicos, los Comandos civiles que ingresaban a la cárcel como si nada. Las palabras salían a ráfagas, con pausas largas, en las que sólo se escuchaba el burbujeo de la pava y el crujido de alguna silla.
—¿Y qué pasó con el levantamiento fallido de Valle? —Preguntó Ariel.
Al hacerlo, se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa, como si necesitara sostenerse ante la respuesta que intuía.
Nadie quería ser el primero en romper el silencio sobre el fatídico día, porque el silencio era lo único que no mentía. Se cruzaron miradas pesadas, algunos bajaron la vista, otros entrelazaron los dedos con fuerza sobre las rodillas.
En ese momento siendo las 5 de la mañana alguien golpeo fuerte la puerta. Octavio y Ariel se ocultaron. Es muy pronto para que hayan emitido una orden de allanamiento por nuestra fuga, no han pasado ni 24 horas, es un tramite burocrático lento, por las dudas vamos a ocultarnos en el fondo de la casa, a una señal saltamos a las casas de los vecinos.
Finalmente abrieron la puerta y entró David. Sin mirar, o mejor dicho con la mirada perdida en un frenesí de locura solo dijo.
—En José León Suárez los mataron a todos. Algunos los remataron cuando ya estaban tirados. Lo vi… vi cómo los llevaban en camiones, los descargaban como bolsas.
Su voz era una piedra en el aire. Nadie lo interrumpió. Él miraba un punto fijo en la pared, como si las imágenes volvieran una por una y le costara apartarlas.
Corrieron a abrazarlo pero el solo atinó a seguir hablando casi sin expresiones de alegría por volver a ver a sus amigos, ellos entendían lo que pasaba, prosiguió.
—No alcanzan las palabras —siguió—. Los diarios mienten, los curas bendicen a los asesinos, y los otros aplauden. No sé qué queda por hacer.
Ariel y Octavio al asegurarse de que no era la policía que venia a llevárselos de vuelta a la cárcel se acercaron.
Ariel lo miró con los ojos hundidos, con la misma mezcla de pena y rabia. Se acercó un poco más, ladeando la cabeza, como quien intenta escuchar no sólo lo que se dice, sino lo que no se puede decir.
—Nos queda vivir —dijo—. Pero no como quieren ellos.
Octavio, en cambio, se mantenía callado. Miraba la ventana, la persiana que temblaba con el viento. En su cabeza todavía resonaban los golpes de la prisión, los gritos de los comandos civiles, los nombres que se perdían entre los pasillos. Finalmente habló, con una voz que parecía salirle desde el fondo de la garganta:
—No sé si tengo fuerzas para seguir, Ariel. Ya viste como nos fue, estando adentro, me convencí de que el mundo se terminó. Afuera no hay ruido que no te recuerde que todavía pueden venir.
Gerardo se levantó, con el gesto seco de quien no acepta rendiciones. Apartó la silla con un movimiento brusco, apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
—Si nosotros no seguimos, ¿quién? ¿Los que se escondieron? ¿Los traidores que huyeron?
Su tono era un látigo. Romina le dio un mate caliente. Lo acercó con cuidado, sosteniendo la calabaza unos segundos frente a él, obligándolo a bajar un poco la guardia para tomarlo.
—Comprende —dijo—. No sabés lo que cada uno trae encima.
David lo miró, cansado. Tenía los hombros hundidos y los ojos enrojecidos, como si hubiera pasado años sin dormir.
—No se trata de miedo. Se trata de entender si vale la pena volver a exponernos para sufrir, ¿hasta qué punto es conveniente luchar?, tenemos familias a quienes cuidar y por quienes temer.
Nahuel, que hasta entonces había escuchado, dejó sobre la mesa una hoja doblada. Lo hizo despacio, como si colocara algo frágil que pudiera romperse.
—Esto lo imprimí anoche —dijo—. Es el manifiesto de los compañeros del frigorífico Lisandro de la Torre. Planean organizar la resistencia, con células pequeñas, silenciosas. No hay discursos, ni banderas. Sólo la idea de que el pueblo no está muerto.
Ariel tomó la hoja con las manos temblorosas. Sus dedos recorrieron primero el papel, la textura, el doblez, como si necesitara asegurarse de que era real. Leyó en voz alta una línea subrayada:
“Cada obrero que guarda silencio es una trinchera perdida.”
Suspiró.
—Eso sigue siendo verdad.
Romina sirvió el mate a Octavio. Lo miró con ternura y firmeza. Se inclinó un poco hacia él, buscando sus ojos, que se empeñaban en huir hacia el piso.
—Vos sabés que no podés quedarte quieto. No después de lo que pasaron. No nos van a doblegar, solo tenemos que ser mas cuidadosos, menos impulsivos.
Él bajó la vista. Sus manos se cerraron alrededor del mate, como si quisiera absorber el calor.
—No sé si puedo.
—Nadie puede solo —respondió ella—. Pero juntos, algo vamos a hacer.
David se recostó contra la pared. Tenía los ojos enrojecidos. Apoyó la nuca en el revoque gastado y dejó que la cabeza cayera hacia atrás, como si no pudiera sostenerla más. Estuvo mucho tiempo absorto en sus pensamientos que lo carcomieron por dentro, lejos de todo contacto humano
—Yo ya no sé en qué creo. En José León Suárez aprendí que hasta la muerte puede ser administrada como un trámite. Esas personas son crueles, la humanidad es una porquería, somos animales detestables, somos culpables y responsables de la crueldad que anida en el mundo.
Ariel se le acercó despacio, apoyó una mano en su hombro. El gesto fue breve, pero firme, como un ancla.
—Entonces hagamos que no lo sea. Que cada nombre que borraron vuelva a ser pronunciado. Demostremos que aunque sea un pequeño destello de humanidad y de bondad puede ser una pequeña semilla que dará sus frutos, estoy seguro que aquí adentro hay bondad.
Gerardo encendió un cigarrillo y soltó una bocanada de humo. Se inclinó hacia la ventana entreabierta para dejar que el humo escapara, y quedó un momento así, de perfil, pensativo.
—Vamos a necesitar más que palabras.
—Sí —dijo Nahuel—, pero sin palabras no empieza nada.
Hubo un silencio largo, como si todos esperaran una señal. Afuera, un tren pasó haciendo vibrar los vidrios. Ese sonido, familiar y distante, los trajo de vuelta a la realidad: estaban en Buenos Aires, en el sur obrero, donde la historia no se cuenta, se sufre. El temblor de los cristales fue como un recordatorio de que el mundo seguía en marcha, con ellos o sin ellos.
Ariel tomó la palabra con calma. Se incorporó un poco en la silla, entrelazó las manos sobre la mesa y miró a cada uno, uno por uno, antes de hablar.
—Si seguimos, tenemos que hacerlo con cabeza. Sin mártires, sin consignas vacías. Tenemos que aprender del enemigo: su método, su paciencia. Ellos ganan porque no se apuran. Nosotros, si queremos durar, tenemos que dejar de vivir a los saltos.
Romina asintió. Se cruzó los brazos, apoyándolos sobre el pecho, como si quisiera sostener en el cuerpo esa decisión.
—Y también cuidarnos. Que no nos roben la alegría. Si todo es odio, perdimos antes de empezar.
David la miró como si la oyera desde otra vida. Tal vez lo hacía. En su expresión había algo de asombro, como si no hubiera esperado escuchar esa palabra: alegría.
—Yo los ayudo —dijo al fin—. Pero no prometo nada. Ya no me quedan fe ni esperanzas. Sólo la necesidad de que el horror sirva para algo.
Gerardo apagó el cigarrillo contra la mesa. Aplastó la colilla con gesto decidido, como si sellara un pacto.
—Con eso alcanza.
A las seis Nahuel, Gerardo y Maxi salieron para sus trabajos. Se pusieron las camisas, se anudaron los zapatos, se colocaron las camperas con movimientos lentos, a desgano, como si cada gesto los devolviera a una normalidad que ya no encajaba con ellos. Afuera, el barrio respiraba con el aplomo de un animal cansado. En la distancia, se oía un silbato de tren y alguna radio perdida. Las primeras persianas comenzaban a levantarse, y alguna bicicleta cruzaba la calle, apurada.
Romina salió antes del amanecer al patio. El cielo, entre el humo de las fábricas, mostraba una línea de luz gris. Las gotas que aún caían desde los aleros formaban un ritmo lento sobre el piso de baldosas. Pensó en Jean Brierre, en la voz de la señora que se enfrentó a la metralla, en el guardia viejo que no los delató. Pensó en los muertos de los basurales de José León Suárez y en los que seguirían muriendo.
Entonces entendió algo que no necesitaba escribir en ningún manifiesto: que la resistencia no era sólo un plan o un acto, sino una forma de seguir siendo humanos.
Volvió adentro, donde los demás dormían. Caminó despacio entre los cuerpos tendidos en colchones y sillas improvisadas, cuidando de no despertarlos. Miró a Octavio. Y supo que, aunque el miedo siguiera siendo el mismo, el amor —esa obstinación de los que no se rinden— era todavía más fuerte.
Los días se sucedían, Octavio y Ariel no podían volver a sus vidas rutinarias, ahora eran prófugos de la ley, una ley sin justicia, pero la ley que imperaba y ella los rastreaba como sabuesos. Se movían entre casas amigas, cambiando de refugio, evitando lugares fijos, durmiendo a veces vestidos, con un bolso preparado cerca de la puerta por si había que salir corriendo.
Desde que los fusilamientos de José León Suárez estremecieron al país, algo se había quebrado definitivamente. David no podía borrar de la memoria los cuerpos en el barro, el olor de la sangre, los gritos que se apagaban entre ráfagas. La imagen de las siluetas caídas, los brazos extendidos, las ropas pegadas al cuerpo, volvía en sueños y también despierto. Octavio y Ariel, encerrados nuevamente por no poder asomar la nariz, sabían que afuera otros seguían resistiendo como podían. Lo que comenzó como furia desordenada se fue transformando en táctica, en una manera de devolver cada golpe con inteligencia.
En algunos barrios, pegar las fotos prohibidas en una pared se volvió una forma de combate. No era un gesto inocente: era un señuelo, una trampa tendida para cazar enemigos. Las manos que las pegaban lo hacían de madrugada, apoyando la hoja contra el muro, alisándola con los dedos para que quedara bien adherida. Si algún transeúnte lanzaba una injuria o un gesto de desprecio, los compañeros abandonaban la charla trivial que fingían y se le abalanzaban, desquitando en ese cuerpo toda la humillación acumulada. Los comandos civiles y la policía solían llegar a romper cabezas, pero no encontraban organización alguna: sólo hombres sueltos, decididos a no rendirse, que habían hecho de cada esquina un pequeño frente de resistencia.
La represión posterior al levantamiento del general Valle multiplicó los brazos de esa lucha. Los tibios se endurecieron, los que dudaban eligieron bando. Entre las llamas de aquel junio nació uno de los primeros grupos juveniles: el Comando General Valle, formado en la casa de la propia hija del fusilado. Susana Valle, joven y firme, era símbolo y herida. Su figura se alzaba en las reuniones, con la espalda recta y la voz clara, y bastaba verla para entender que el duelo se había convertido en decisión.
Aquella táctica de las fotos en la pared como señuelo, mitad juego, mitad revancha, se perfeccionó. Ahora usaban distintos niveles de provocación: grupos que entonaban la marcha en una vereda y, en la opuesta, los falsos burgueses, incitando a la violencia de los bienpensantes. Ensayaban los diálogos, los gestos de indignación estudiada, el tono altivo, antes de salir a la calle. Bastaba un empujón o una palabra para que la furia se desatara. La represión creía enfrentarse a turbas, pero en realidad combatía fantasmas; no existía organización central, sino una malla de voluntades dispersas, unidas por la memoria de un nombre prohibido.
En 1956 siguieron los caños, las pintadas, las escaramuzas. La Organización Nacional de la Emancipación, la resistencia, comenzaba a irradiar sus brazos desde Buenos Aires hacia el interior, encendiendo chispas en fábricas, talleres, estaciones. Se ponían caños en los nudos de las vías de tranvía, se sembraban miguelitos para paralizar el centro, se hacían huelgas con ruido de cristales rotos. Los muchachos caminaban de madrugada, con las manos escondidas en los bolsillos, dejando caer los miguelitos en lugares estratégicos, midiendo los pasos, contando esquinas. Al principio los tiraban a mano, como quien siembra clavos en la noche; luego, perseguidos, idearon un nuevo método: uno manejaba el auto y otro, escondido en el baúl, arrojaba los miguelitos por un agujero, de puñaditos, antes del amanecer.
Era una guerra muda, sucia, clandestina. Nadie daba órdenes, pero todos entendían lo mismo: resistir no era una consigna, era una forma de seguir siendo humanos. Cada gesto, por pequeño que fuera, desde un volante pegado hasta un caño colocado en un riel, era una manera de decir que todavía no se habían rendido. Y esa certeza, aunque no apareciera en ningún diario, sostenía sus pasos en medio de la noche.