ENTRE EL COMANDO VALLE Y LA UNIVERSIDAD

ENTRE EL COMANDO VALLE Y LA UNIVERSIDAD

Por Martin Favale

La esquina y la Buhardilla seguían siendo el punto de reunión de los más decididos, los que no sabían rendirse. A esa hora, en esa esquina cuando el barrio dormía con las ventanas cerradas, bastaba un silbido para que aparecieran, uno a uno, desde las sombras. Los obreros que salían de las fábricas, los pibes que recién empezaban a entender el miedo, las mujeres que fingían no verlos pero les dejaban la olla encendida. Por esa esquina pasaban los correos que traían noticias del Comando Nacional y, a veces, del líder exiliado mismo.

Aquella noche los amigos tuvieron una cita en un chalet cerca de Puente Saavedra. La dirección estaba escrita en el dorso de un boleto de tranvía. El mensaje decía simplemente:

“Reunión. Llevar lo necesario.”

Llegaron en grupos pequeños, sin hablarse, con los abrigos mojados por la garúa. Adentro los esperaba una mesa larga cubierta con una lona. Sobre ella, relucían cachiporras, mechas, gelignita envuelta en diarios. También había manoplas, cadenas, y el silencio espeso de las decisiones que no tienen retorno.

Los hombres mayores, curtidos por el trabajo y la pérdida, hablaban poco. Eran obreros, no oradores; se expresaban con frases secas, con la sencillez del que sabe lo que cuesta ganarse el pan. No eran héroes, ni combatientes, sino hombres de barrio que habían decidido pelear por el regreso de su dignidad y sus derechos, aun sabiendo que cada paso podía ser el último.

“Esto no es violencia —dijo uno, levantando una manopla un poco oxidada—. Es resistencia.”

Y en ese instante, a algunos presentes se les cruzó por la cabeza que la historia no solo se escribe con discursos, sino con golpes, heridas, luchas y unidad.

Octavio no dijo nada, pero el contraste entre la frase y el peso frio de las manoplas le dejó una incomodidad en la conciencia. A veces la resistencia también podía golpear a ciegas, pensó, aunque nadie se animara a decirlo.

Durante semanas, ese chalet se convirtió en un santuario clandestino. Iban y venían emisarios con papeles doblados en cuatro, instrucciones del exterior, rumores de una organización que crecía bajo tierra. Allí se discutía, se planificaba, se soñaba. Algunos pensaban que había llegado la hora de construir una línea política, una resistencia más organizada, capaz de hablarle al país entero. Otros defendían la acción directa, el sabotaje, el fuego ocacional que encendiera la conciencia dormida del pueblo.

La tensión entre esas dos almas recorría cada reunión. Unos decían que sin política no hay destino. Otros, que sin lucha no hay regreso.

Al final, decidieron mantener el nombre que ya los unía a una causa más grande que ellos: Comando General Valle. Ese nombre era una promesa y una advertencia. La sangre derramada no será negociada. Desde ese momento se organizaron por zonas: un grupo actuaría en el cordón industrial del Gran Buenos Aires, otro en la capital. La consigna era simple: “Estar en todos lados.”

Y así fue. Los lustrabotas del centro llevaban las pequeñas latas de pomada llenas de gelignita. Las mujeres de los conventillos escondían los panfletos en sus delantales. Los obreros trasladaban los explosivos en los cajones de herramientas. Toda una red invisible mantenía vivo el calor bajo las cenizas.

Para Ariel, cada incursión en los conventillos era una revelación. Le fascinaban las mujeres que los recibían sin miedo, con sonrisas cansadas y cuerpos que mostraban el agotamiento moral del desgaste. “Ellas saben —decía—, aunque nadie se los explique.”

En los talleres del Gran Buenos Aires, el sabotaje industrial se había vuelto una forma de protesta. Las estructuras paralelas de los sindicatos intervenidos organizaban huelgas, dañaban máquinas, cortaban líneas telefónicas. Los nuevos delegados obreros ya no creían en las promesas del Estado; sabían que la legalidad era un disfraz.

Algunos sólo querían resistir y sobrevivir hasta que el tiempo cambiara. Otros, en cambio, hablaban de una revolución inminente, de una insurrección obrera que haría temblar a los mismos que creían haber ganado. Otros que no había que darles excusas para interrumpir las elecciones, y algunos que era necesario seguir presionando con sabotajes para que a la dictadura no le quede alternativa más que descomprimir el descontento social y abrir las urnas

David, que escuchaba todo eso en silencio, no podía, aunque lo intentaba, dejar de pensar en los compañeros fusilados, en los rostros sin nombre que se habían quedado bajo la tierra. “Ellos no tuvieron tiempo de elegir táctica, o tal vez si, con Valle a la cabeza —murmuró una noche—. Sin embargo, su destino fue morir suplicando.” Esto hacia dudar mucho a David, no quería ver morir a alguno de sus amigos así.

Mientras la estructura del comendo se afinaba en casas seguras y talleres escondidos, la vieja casa de Barracas seguía siendo el corazón de papel de la resistencia. Romina lo sabía cada madrugada cuando, en su mesa se mezclaban objetos de lucha, pan, papeles y mate. Cuando llegaba la madrugada, extendía sobre la madera los panfletos recién mimeografiados.

A veces Octavio la observaba mientras dormía, rendida y sobrepasada por tanto trabajo. Le parecía que, en ese cuerpo cansado, en esa respiración serena, estaba la imagen más pura de lo que defendían; un pueblo que, aunque agotado, seguía soñando con justicia.

Afuera, el amanecer, ilustraba lo que podía venir, un nuevo comienzo o la repetición de lo mismo y el desencanto. El humo de las fábricas ascendía como incienso, y el sonido metálico de los trenes parecía marcar el compás de una esperanza todavía clandestina.

En las semanas siguientes, la resistencia en los barrios comenzó a envejecer más rápido que los rostros de quienes la sostenían. Había algo en el aire —una mezcla de cansancio, desesperanza y desconfianza— que lo impregnaba todo. Las fábricas no rugían igual; los trenes parecían arrastrar más humo que pasajeros. Las cartas seguían llegando desde todos lados. Algunas traían directivas, otras apenas palabras de aliento, escritas en papeles doblados con pulso tembloroso pero seguro.

En medio de ese cansancio, cualquier noticia que oliera a aire nuevo era una tentación. Uno de esos sábados, recibieron una invitación de un grupo de estudiantes que se reunían en lugares ocultos dentro de las universidades, ellos mismos se autoproclamaban como “los masones” y decían ser la vanguardia iluminada que podría conducir ideológicamente a los trabajadores sin teoría hacia su destino. Los rumores de las reuniones les llegaron a David y a Maxi debido a su contacto con gente de las universidades, antiguos compañeros que aún no se habían recibido y amigos que no veían hace mucho. Allí se dirigieron con la ilusión de encontrar gente con ideas nuevas, con propuestas y con ganas de construir un mejor país para vivir. A los amigos, mas acostumbrados al ruido de las fabricas que al eco del campus, les imponía cierta seguridad. Al mismo tiempo, algo de ese tono de “Vanguardia iluminada” les sonaba mas a club exclusivo que a revolución.

El aula de la vieja Facultad de Filosofía y Letras, ocupada desde hacía meses por este grupo de estudiantiles de la resistencia, estaba apenas iluminada por una lámpara que colgaba de un cable finito. Afuera, Puan, sonaba lejana, como si perteneciera a otra ciudad. Sobre el pizarrón aún quedaban restos de una clase sobre “Jean Paul Sartre” escrita con tiza blanca, y debajo, alguien había dibujado una bandera argentina con una inscripción: “La patria no se vende, se defiende.”

Los amigos entraron justo cuando se daba un debate entre marxistas y peronistas. Marxistas que creían en un movimiento obrero internacional, en contra de los otros que creían en un movimiento obrero con proyección nacional, “de una izquierda nacional” decían ser. Maxi había llegado con Nicole, a quien presentó como una amiga, sin más detalles. Ella se quedó a un costado, escuchando, con una atención que indicaba su entusiasmo por estar en ese lugar. Nahuel no había podido asistir a la reunión, desde que volvió a involucrarse lo hacía a cuentagotas, eligiendo con cuidado donde arriesgarse y donde quedarse al margen. Octavio repasaba con la mirada un papel arrugado, traído esa tarde desde una imprenta del barrio de Constitución. En la portada decía Palabra Obrera. El olor a tinta era intenso, casi fresco. A su lado, David calentaba las manos contra una taza de café recalentado que comenzaron a servirse; Romina observaba a todos y escuchaba atenta el intenso debate entre los grupos; Ariel, algo apartado y temeroso por si caía la policía y lo regresaban a la prisión, observaba los ventanales oscuros, atento a los ruidos del pasillo.

En una esquina del aula, un grupo de militantes de Palabra Obrera leía un comunicado en voz alta. Aunque se reivindicaban trotskistas, solían compartir las mismas consignas básicas: tierra, pan, justicia y el retorno de los derechos adquiridos que poco a poco van siendo anulados o no respetados por la dictadura.

La lectura de artículos continuaba:

“Crece en Argentina la figura de Arturo Frondizi. La intransigencia radical adopta una posición nacional. La revista Desarrollo, impulsada por Rogelio Frigerio, se convierte en tribuna doctrinaria. Se habla de acero, industrialización pesada y petróleo como los nuevos nombres de la independencia económica.”

Romina tomó la hoja, la leyó durante unos segundos:

—Yrigoyen, Perón, Frondizi. La misma música, distinta letra.

David sonrió con cansancio.

—No te burles. Muchos compañeros del gremio ya lo ven como salida. El petróleo, la industria… suena a promesa.

—Las promesas —respondió Ariel, sin apartar la mirada de la puerta— a veces se usan para dormir al pueblo, espero que no estemos equivocados.

Octavio, intentando meterse en el acalorado debate, había intentado hablarle a los estudiantes sobre los fusilamientos de junio y sobre la necesidad de unir la causa obrera y la universitaria. Lo escucharon atentamente, pronto se reanudó el debate inorgánico, griterío sin escucharse los unos a los otros.

Romina extendió un papel amarillento y gritó para poner orden en el lugar

—Esto llegó desde Chile. Cooke le escribe a Perón. Escuchen:

Leyó con voz firme, mientras el resto se inclinaba sobre la mesa.

“Si alguna vez los votamos —dice Cooke— será como salida, no como alianza. Y pido una señal: elecciones a los seis meses si gana Frondizi, sin proscripciones. La experiencia nos enseñó que sólo la intransigencia es compatible con nuestra causa. El pueblo tiene dos caminos: la insurrección o la alianza defensiva. Y si no puede sostener la violencia, optemos por la segunda.”

El aula quedó en silencio. Solo se oía el tic tac de un reloj en alguna oficina contigua.

Cuando terminó la lectura, las palabras insurrección y alianza defensiva todavía colgaban en el aire, demasiado grandes para esa aula.

Romina guardó las hojas con cuidado, como si fueran reliquias.

—Y Perón, desde Caracas, en un principio responde que la lealtad no admite condiciones. Que no hay solución política, solo resistencia. Y ahora nos llega la noticia de que tenemos que apoyar a UCRI

Ariel cruzó los brazos.

Nadie respondió enseguida. Afuera un auto pasó despacio, el ruido del motor rebotó en las paredes. Por instinto, apagaron la lámpara. Esperaron. Luego la encendieron otra vez.

Desde el fondo del aula, los de Palabra Obrera comentaban que varios gremios ya empujaban el voto afirmativo. Algunos decían que el pueblo estaba cansado, que Frondizi podía abrir una puerta. Otros juraban que votar era traicionar a los fusilados, a los detenidos, a los que se habían quedado en la calle, a los que sufrían, otros que votar era seguir en el camino que la burguesía nos propone para alejarnos de la revolución proletaria.

David se levantó y caminó hasta la ventana.

—Todo el país es una discusión sin aparente salida —murmuró—. Pero al menos todavía se discute.

Romina escuchaba a todos y pensaba, desde que empezaron esta lucha nunca habían estado en una encrucijada como esta

El aula cerrada olía a tinta y a café frío. Afuera las ventanas devolvían la ciudad como un rumor. Un tal Fidel, del grupo de Palabra Obrera, apoyó el codo en la mesa y dijo, directo:

—Miren, muchachos y muchachas; los obreros votan peronismo, sí. Los trabajadores argentinos son peronistas, sin embargo, Perón es una expresión de la burguesía nacional, pero burguesía al fin, No es revolucionario. No representa a nuestra clase, Peron es solo alguien que vino a apaciguar el descontento de las masas obreras y frenar la inminente revolución, el fue, es y será un milico, amante del orden, de que el obrero vaya de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, por eso habla de comunidad organizada, no es un revolucionario.

Octavio lo miró un segundo, sin levantar la voz. Y decidió intervenir

—Si Peron fuera un revolucionario —contestó—, la revolución ya sería un hecho.

—Exacto —replicó Fidel—. Por eso tenemos que abrirle a la clase obrera un camino hacia su propia ideología: la que la emancipe, no la que la contenga. No se trata de acompañarlos donde estén, sino de conducirlos hacia donde tienen que llegar, al encuentro con una verdadera ideología de los trabajadores, tenemos que ser los guías e ideólogos que lleven a los trabajadores a tomar conciencia de clase, si logramos hacer eso la revolución es imparable.

—Te equivocas —dijo Octavio, con calma, pero sin bajar la mirada—. Eso es quedarse afuera del movimiento obrero. Es creer que la masa es un material dócil para moldear desde afuera, eso es hacer vanguardismo ideológico; no podés ignorar la forma en que se reconoce la clase obrera. La identidad política de los obreros argentinos hoy pasa por el peronismo. Lo que tenemos que hacer no es conducir a la clase obrera a una ideología extranjera, europea, pensada para un continente totalmente distinto, y para otro tiempo donde recién empezaba la revolución industrial, lo que tenemos que hacer es transformar al peronismo en un movimiento revolucionario.

Mientras Octavio y Fidel chocaban conceptos, Maxi, a ratos, perdía el hilo. Descubrió que estaba más pendiente de Nicole que de la estrategia revolucionaria que se disputaba en la mesa.

Fidel apretó los labios y respondió, casi sonriente por su propia obstinación.

—Bueno, pero eso camarada, estar con esa identidad implica aceptar las cúpulas, los acuerdos y la burocracia que se alimenta de nosotros, nosotros preferimos quedarnos afuera, no aceptar esa burocracia obsecuente y adulona. Afuera de Perón, cuando Perón se vuelva conveniente para los poderosos, porque no te quepa la menor duda, que el día que se den cuenta que Perón les frenaba la revolución en lugar de conducirla a ella, van a intentar cooptarlo, no te olvides que Perón es uno de ellos, que le gusta el orden más que a cualquiera de ellos, y que también se enoja cuando no puede controlar a las masas, no te olvides que cuando su Eva se lo advirtió, miró para un costado, las armas que compró ella para defendernos de lo que sabía, se venía; él se las llevó al ejército, con esas mismas armas nos voltearon. Perón, — dice Fidel con convicción, — ha venido a terminar con la lucha de clases. El Estado peronista vino a tutelar ese enfrentamiento y conciliar a obreros y patrones. Sin embargo, la lucha de clases, —sostiene la mirada fija y segura—, no se dejará abolir. Hay un sentido lógico y necesario en la historia, el socialismo es el único que podrá abolir esa lucha, cuando los explotadores desaparezcan de la faz de la tierra. Cuando ya no haya explotadores y explotados. La lucha de clases no se puede detener, pero de esa lucha, se aprovechó “Perón”. Gracias a ese nuevo proletariado virgen, los migrantes que llegaban sin ideologia a la gran urbe. Sobre ellos construyó Perón su liderazgo. La mayor parte del nuevo proletariado— Hace una pausa para pensar, tomar aire—, de los trabajadores de origen rural recién ingresados a la industria, permanecía ignorante de las ideologías obreras y era campo virgen para el proselitismo de los sindicalistas peronistas.

—Resulta apresurado hablar de “sindicalistas peronistas” — Responde Octavio—. Quien mantuvo, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, un diálogo directo, abierto, con los migrantes es el propio Perón, cuyo apoyo, hasta el momento, es sólo la que le aseguró su pertenencia al GOU.

—Cierto. Perón forma su organización sindical en la medida en que atrae a quienes conforman el nuevo sujeto político, los migrantes. Perón capta al sujeto desde la Secretaría de Trabajo y, una vez realizada esta tarea o para completarla, para darle forma, encuadra al Sujeto en un sindicalismo que él controlará desde el Estado.

—Un Estado –señala Octavio con elocuencia– que la nueva clase obrera jamás dejará de ver, sentir o interpretar como su Estado, el Estado que habrá de darle trabajo, derechos, el Estado que habrá de estar ahí sobre todo y ante todo para beneficiarla, protegerla y representarla.

—Tuvieron los beneficios pero no tuvieron que luchar por ellos. De este modo, se conforma un proletariado pasivo, que lo espera todo de la bondad de su líder, el “coronel sindicalista”, y del Estado que el líder controla. Una clase obrera es autónoma cuando crea sus propias organizaciones. Cuando conquista sus derechos. No cuando sus organizaciones son controladas desde el Estado, cuando sus derechos se le conceden como “beneficios”. No lo conquistó desde la lucha. La “lucha” contra las clases que la oprimen es central para la clase obrera. Si hay un Estado que le “concede” beneficios sin impulsarla a luchar por conquistarlos, ese Estado la condena a la pasividad, a la mansedumbre, elimina en ella la “lucha”. Al eliminar la “lucha” elimina el conflicto de clases. Es el Estado, entonces, el que se transforma en el árbitro entre las clases. A esto se le llama bonapartismo.

—Nunca le dieron las gracias por ese favor las clases dominantes, por eso estamos en esta situación hoy

—Si, tenes razón. Lejos de agradecerle el evitar un conflicto de clases. Impedir que el proletariado luche por sus verdaderos derechos contra quienes lo explotan. Lejos de agradecerle a Perón el sagaz control del posible alzamiento obrero que habría provocado la concentración urbana creada por la industria, se le enfrentan, le dicen nazi y demagogo. Lejos de advertir que Perón les estaba haciendo el inmenso favor de frenar una “revolución social” o, sin más, “socialista”, la oligarquía, vio al coronel como un fascista y cantaba “La Marsellesa” el día de la liberación de París.

—La oligarquía no suele equivocarse, seguro no creía necesario ese supuesto favor, sería recomendable no insistir con esa famosa bobería, que Perón impidió, frenó o controló un inevitable alzamiento revolucionario en la Argentina de los ’40. En los años 20 con el anarquismo en su máximo esplendor te podría dar la razón, pero ya en los 30 la década infame se encargó de eliminar a los anarquistas.

Fidel meditó las palabras, la discusión se encerraba en un laberinto. —¿Por qué no hizo la reforma agraria si estaba en contra de esa oligarquía?

—Pensá. Si lo que hizo fue comprarles todos los productos a través del IAPI y arrojaron toneladas de bombas sobre una ciudad abierta, indefensa, una ciudad que no estaba en guerra. Asesinaron a más de trecientas personas, date una idea de lo que hubieran hecho si se atrevía a hacer una reforma agraria.

—la reforma agraria era fundamental para terminar con el enemigo que al fin y al cabo siempre estarán al asecho, y darles tierras a todos. Lo siento, no podemos estar con un gobierno que contenga aduladores, alcahuetes, reconocemos el valor de algunos ingenuos que aun creen y estan en su seno, como ustedes; pero no se puede poner todo en una sola bolsa y pretender que salga bien.

Octavio se inclinó hacia adelante, y la luz de la lámpara marcó surcos en su cara. Mientras hablaba sentía que sus propias palabras le pesaban más de la cuenta. En el fondo sabía que los burócratas no eran eslabones aislados, sinó parte de la cadena que los sostenía.

—No se trata de estar con alcahuetes y adulones —dijo—. Pero despreciar el potencial revolucionario que posee el movimiento es perder el frente. Mirá: Lo que digo es otra cosa —y su voz se endureció con esa mezcla de ternura y dureza que les conocían a los que habían pasado noches en la clandestinidad. —A mi no me interesa lo que fue Perón hace quince años; lo que me importa es lo que el pueblo hizo de Perón hoy. Y si el pueblo lo convirtió en el líder de un movimiento policlasista y revolucionario, ahí tenemos que estar todos, si el peronismo es hoy la forma por la que los trabajadores entienden su lugar en la historia, renunciar a eso por un gesto de pureza intelectual es renunciar al pueblo. Propongo que nos unamos en un solo movimiento. No exiliarse en torres de marfil. Hablo de meter las manos, embarrarse, transformar, pero desde adentro.

Fidel sonrió flojo, algo incrédulo

  • ¿Y si los cuadros que manejan el aparato solo quieren estabilidad? ¿Y si lo que llaman “transformación” termina siendo un remiendo para salvar privilegios? Nosotros preferimos la claridad; si el peronismo es una muralla de la conciencia de clases, nosotros somos el arma ideológica que la tiene que derribar para que vea la luz.

Octavio sostuvo el golpe sin retroceder.

—Vos creés que tirar la muralla es ver la luz. Yo creo que si tirás ahora, los escombros aplastan a los mismos que querés liberar. Yo creo en una estrategia que recupere al pueblo sin venderlo, que convierta la energía del peronismo en movimiento revolucionario. No con aduladores y alcahuetes, no con sumisión; con organización, con exigencias, con el ejemplo.

Se hizo un silencio, y David, que había callado hasta entonces, murmuró —Y con trabajo de base. Nada de proclamas desde los sillones.

—Entonces estamos en un desacuerdo profundo —dijo—. Ustedes quieren entrar al baile con la sonrisa; nosotros preferimos enseñar a la gente a no bailar la música que les cantan los mismos de siempre. Para ustedes, renunciar a la crítica es participar; para nosotros, renunciar a la crítica es someterse.

Octavio dejó escapar una sonrisa breve que no era de triunfo.

—Puede ser —aceptó—. Pero para mí no hay contradicción radical; no renunciamos a cuestionar, ni me niego a pelear en la trinchera donde está el pueblo. Si hay que voltear a los burócratas, los volteamos; si hay que exigir señales y condiciones, las exigimos. Pero no vamos a tirar el telón cuando la gente canta desde abajo.

Entonces volvió a insistir en la idea

—A mí lo que piense Perón me lo paso por las pelotas —dijo con la mirada clavada en Fidel—; pero si renunciamos a lo que el pueblo hizo con su nombre, nos quedamos sin pueblo. Yo no quiero un líder; quiero un movimiento que nos permita pelear. Si eso implica desafiar a Perón, lo desafíamos. Si implica ponernos a su lado para mover la conciencia, me pongo. Pero no se puede perder a la gente por un gesto de pureza ideológica.

Fidel se quedó un segundo sin palabras. Luego, con dureza pero sin odio, cerró:

—Entonces queda claro: discutimos desde dos lugares distintos. Ustedes trabajan con el material con que el pueblo se reconoce; nosotros queremos otra fábrica de conciencias. Ninguno de los dos renunciamos al fin; sólo diferimos en la táctica. Y las tácticas definen la suerte de la gente que sufre ahora.

Octavio inclinó la cabeza, aceptando la distancia férrea que los separaba y la cercanía obligada que los reunía en esa sala.

—Entonces discutimos —dijo—. Y entre la discusión y la acción veremos qué pesa más. Como dice la vieja consigna, golpear juntos y marchar separados.

Ariel puso la mano en el borde de la mesa, como quien sella un pacto que no es pacto sino promesa de seguir peleando.

Romina miró las hojas y guardó algunos folletos. Afuera, la noche parecía más espesa; adentro, el aula abrió una fisura por la que se filtró algo parecido a la esperanza.

—Tal vez de eso se trate. De sostener las cenizas hasta que alguien encienda otra vez el fuego.

Una corriente de aire apagó la lámpara unos segundos. Cuando volvió la luz, el reloj marcaba casi medianoche. Afuera, Buenos Aires respiraba hondo, ajena y cercana como siempre.

Romina dijo con una voz que delataba cansancio

—El próximo año será el de la prueba —dijo—. Elecciones, pactos o engaños, lo que venga. Pero que nadie diga que no estuvimos preparados.

Octavio asintió. En su cabeza, las palabras de las cartas leidas de Cooke y de Perón se confundían con su propio pensamiento y la discusión con Fidel Ortiz. La lealtad no era una consigna: era una deuda que se pagaba con la conciencia.

Cerraron la puerta del aula, bajaron las escaleras y se dispersaron por distintas calles. Ninguno del grupo habló. La ciudad seguía viva, como una bestia herida que aún respiraba.

Maxi, quien había llevado a Nicole a una reunión por primera vez, caminaba sin darse cuenta de que sus pasos marcaban un ritmo distinto al de los demás; la vereda parecía estirarse y encogerse bajo sus suelas, como si la ciudad tuviera un pulso propio que él apenas alcanzaba a oír. La discusión que acababan de dejar atrás —Octavio con su furia contenida, Fidel con sus frases de vanguardia— no se le iba de la cabeza, pero fuera de ese cruce, había un pensamiento que le quemaba más, la contradicción en su cabeza con respecto al amor, ¿Estaba o no enamorado de Nicole

Maxi volvió a la discusión en sus pensamientos. La teoría de la vanguardia le obsesionaba menos que la imagen del barrio yendo a las urnas y descubriendo que, de tanto dividirse, su fuerza se deshacía. ¿Era conciliable la idea que pedía insurrección permanente con la decisión fría de volcarse por un candidato que algún día había sido considerado un contrincante politico? La respuesta no estaba en los libros que Ezequiel citaba; estaba en el miedo, en la esperanza y en la memoria de 1955, en lo que habían visto y perdido. Intentaba aclarar sus ideas pero su pensamiento volvía a Nicole, la presentó como una amiga, no quería que sus amigos lo interrogaran sobre sus sentimientos, que aun él no tenía claros. Al salir de la facultad ella agarró por otro camino.

Luego volvía a la política. Pensó en la escena hipotética de un salón donde dos viejos se miran y deciden que la voz de las bases pesa más que sus propias certezas; se imaginó a hombres palmeándose las rodillas, a uno que escucha y que tal vez —tal vez— entiende que el movimiento no tiene otra salida que la sorpresa táctica.

Le asustaba la posibilidad de la traición por desidia, el pacto que sirve para ganar hoy y desprestigia mañana. Le asustaba más aún la traición por ingenuidad, creer que una alianza momentánea no dejaría huellas largas en la confianza de la gente. Maxi volvió a oír, como si fuese la repetición de un disco que nadie apaga, la vos de Nicole, su aroma, su sonrisa, sus besos, intentaba alejar esos pensamientos y volver a la política, pero no podía, Nicole se había clavado en lo más profundo de su alma.

De pronto la discusión entre Octavio y Ezequiel adquirió otra tonalidad en su cabeza. No se trataba sólo de vanguardia versus realismo; se trataba de escuchar a los que habían sabido aguantar, de saber si la fidelidad al pueblo podía convivir con la astucia necesaria para no regalarle al adversario la victoria. Maxi pensó en los jubilados, en los trabajadores que habían perdido el miedo, pero no el hambre, y sintió un vértigo; la política como ajedrez donde el peón a veces debe sacrificarse para salvar a la reina —pero ¿quién decide qué piezas son sacrificables?

La noche empezaba a caer. Las farolas encendían una línea de luz que dividía la calle en dos mitades. Maxi, que hasta entonces se había mantenido al margen entre sus pensamientos hacia el amor y la política. Caminó más rápido para alcanzar a los otros, con dos pensamientos clavados como alfileres, el amor y la lucha.

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