Adiós a los ritos de la intemperie

Adiós a los ritos de la intemperie

Evocación de un músico hacedor de «canciones de trinchera» – 

Por Alegorio della Urbe

Los viernes de Buenos Aires traen consigo el ánimo cuasi festivo (aún en una Argentina asotada por decisiones políticas que direccionan la historia hacia las tinieblas), porque ese ánimo, también es resistencia, una toma de posición para defender la alegría.

Para colmo la mala noticia llega como una marea de silencio que embarga las miradas y el horizonte se ve cargado de una triste humedad, la resistencia a creer.

Y que se yo -hablando solo, mientras miraba la nada- pienso sin creerlo y digo, gracias loco, hicieron la gran tarea, esa de darnos para pensar mientras la política se miraba el ombligo; Ya sabes, porque lo vivimos muchas veces, o tal vez las necesarias para marcar el alma con el signo de una solidaridad que mutaba en fiesta. ¿Cuantas misas movieron el espíritu de las multitudes que anduvieron en procesión?, porque los ritos tienen eso, y aunque no haya ni un morlaco para el concierto, siempre se apostaba a que el azar hiciera lo suyo para teletransportarnos delante de algún escenario.

Y así pasó la adolescencia, corriendo entre bastones y hombrecitos azules, escapando de los palos, agitamos las remeras con canciones que eran propias, o mejor dicho nos las apropiamos, porque en aquellos tiempos, la única política pública dirigida de los jóvenes, era la represiva. Porque los jóvenes y las políticas públicas estaban distanciadas por un abismo pacato y conservador, algo así como una reminiscencia de la dictadura, que se encarnó en un sentido común adormecido de señoras y señores bien.

Sin habermelo propuesto, me encuentro escribiendo la evocación de un músico hacedor de «canciones de trinchera», que permitieron atravesar una línea de tiempo con el éxito de saberse sobreviviente de tormentas imperfectas.

Si hay algo que el presente expresa con la partida de Carlos Alberto Solari, en medio de un dolor íntimo y colectivo, es un renacer, no de corporeidad, es estrictamente espiritual, con el espíritu del rock, porque el rock en esta bendita tierra, es mucho más que música, es la representación de pensar un país de iguales, porque nuestros artistas, transformaron show en espacio de construcción de conciencia nacional, la poesía fué el medio para prolongar conversaciones, una ayuda para resignificación, la poesía fué respuesta a cipayos autopercibidos patriotas.

Por eso resulta insuficiente imaginar figuras como el Indio únicamente desde la dimensión artística. El representa una condensación histórica de experiencias populares urbanas. Sus canciones acompañaron las derrotas de la democracia, siendo testigos de la entrega de un estado que tiende a abandonar, más que proteger; el paso de la otrora: argentina del ascenso social, a la de las alegrías demoradas en frustraciones, la música fué el único elemento compensador ante la falta de políticas públicas dirigidas a la juventud, en ese marco, la música de los redondos, plebeya y lúmpen, emerge trayendo mareas de jóvenes, decididos a encontrarse en la fiesta de la reivindicación de los olvidados de un sistema, que se vanagloria en el yo individual.

Los jóvenes de la década de mediados de los 80 a mediados de los 90, vivenciaron la radicalización de las crisis de la educación, la dificultad de la integración social, la imposibilidad de acceder al empleo y la participación política, la cultura juvenil olvidada por un estado rodeado por burócratas incapaces de leer su timpo. Es cierto que las juventudes fueron y son múltiples, por lo tanto, ello se radicaliza en el rock, generando identidades, creando tribus de un tipo multiclasista, que convergen en el espacio que luego se denominará «la misa ricotera».

La singularidad del rock argentino radica precisamente allí. A diferencia de otras escenas musicales, construyó una narrativa nacional atravesada por la memoria política, las desigualdades sociales y las aspiraciones de justicia, esta última reforzada por el profundo sentido igualitario de la cultura argentina. En ese marco y con un Estado sin diagnóstico de los problemas juveniles, sin diseño de soluciones y sin control de procesos para guiar a tantos jóvenes; los que además, no encuentran en la política una épica que invite a soñar. En medio de tantas narrativas, las décadas previas a las del Kirchnerismo, la acción estatal dirigida a los jóvenes fueron utilizados como instrumento político, en que la movilización es dirigida, basado en adoctrinamiento, subordinados a intereses del poder, en donde el jóven participa pero no decide.

El mapa tenía esa claridad u opacidad, depende como lo evaluemos, pero claramente ese era el contexto de aquella década compleja, allí, la música en los recitales de rock y precisamente la de los redondos, se convirtieron en espacios alternativos, nacidos de los propios jóvenes, autogestionados, con ciertos niveles de interpelación a partir de una poesía comprometida. Aquí el encuentro con la gestión de un tiempo libre, que traía consigo alguna esperanza puesta en forma de «rebelión emergente”.

Si en los 60 y 70 los jóvenes adquirieron el protagonismo político, en los 80 y 90, al resultado de la represión, le siguió la vigilancia, el control y el disciplinamiento.

Entonces, quienes hemos experimentado la adolescencia y juventud en aquellos años, hoy, con la partida del Indio, rememoramos las vivencias, para intentar explicar el volúmen del fenómeno social y cultural, como respuesta a la discontinuidad, la fragmentación y la escasa coordinación estatal, sumada a una exesiva dependencia de los jóvenes a los cambios políticos, allí las letras nacían desde el pecho, como fermento para la construcción de un tejido identitario tal, que toda categoria del campo sociologico se puede leer incompleto, insuficiente e intraducible.

Si el encuentro agitaba al pecado colectivo para gritar contra las injusticias estructurales, contra las políticas neoliberales, la violencia institucional, solo restaba decidir bailar abrazados, tal vez, debamos salir nuevamente, reconfigurar los espacios y agitando las banderas bailando, corriendo el riesgo incómodo, tal vez encontremos la fórmula de la felicidad: hagamos eso, ojalá no seamos solo un espasmo, «a bailar que no hay infierno«.

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