
Hernández Arregui, Milei y la pregunta incómoda por el ser nacional —
Por Ariel Acosta
Un petrolero con bandera británica amarra en Ushuaia.
No ocurre en Londres. No ocurre en las Malvinas. No ocurre en alguna terminal perdida del Atlántico. Ocurre en Ushuaia, capital de la provincia argentina que contiene en su propio nombre una declaración política: Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.
El puerto está intervenido por el Estado nacional. El gobierno fueguino protesta. La embarcación transporta petróleo. Y de pronto algo que parecía pertenecer a los manuales escolares —soberanía, Malvinas, territorio, recursos naturales— abandona las efemérides y vuelve a convertirse en una pregunta del presente.
¿Qué significa que algo sea nuestro?
La pregunta parece infantil. Precisamente por eso es incómoda.
Porque una cosa es poseer jurídicamente un territorio y otra decidir qué sucede en él. Una cosa es pintar un mapa con los colores nacionales y otra establecer quién extrae los minerales debajo de esa superficie, quién controla los puertos, quién fija las condiciones de inversión, hacia dónde se dirige la energía producida, quién financia la infraestructura, qué potencias condicionan nuestra política exterior y en qué mercados se determina el valor de aquello que extraemos.
Juan José Hernández Arregui hizo una pregunta parecida hace más de sesenta años.
La llamó ¿Qué es el ser nacional?
Y quizá todavía no terminamos de responderla.
Una nación no es una esencia
Hernández Arregui desconfiaba de una palabra muy utilizada por los nacionalismos: esencia.
La Argentina no era para él una sustancia metafísica depositada misteriosamente en la pampa. Tampoco una colección de símbolos patrióticos. Mucho menos una determinada raza.
El ser nacional era una construcción histórica.
Territorio, lengua, memoria colectiva, economía, instituciones, experiencias compartidas. Pero sobre todo una voluntad política: la posibilidad de que un pueblo reconozca aquello que tiene en común y lo transforme en capacidad para decidir su destino.
La diferencia es enorme.
Porque si la nación fuera solamente una identidad cultural, bastaría con conservar el mate, el folklore, la camiseta, la bandera y el himno.
Pero si la nación es capacidad de autodeterminación, entonces debemos hacer preguntas bastante menos cómodas.
¿Quién controla nuestros recursos?
¿Quién define nuestra política económica?
¿Quién determina nuestra inserción internacional?
¿Dónde se toman las decisiones que condicionarán las próximas generaciones?
¿Puede existir soberanía política sin soberanía económica?
Hernández Arregui respondería que no.
Y allí empieza su actualidad.
La colonia después de la colonia
Las formas modernas de dependencia tienen una característica particular: no necesitan arriar la bandera del país subordinado.
No necesitan un virrey.
No necesitan siquiera un ejército de ocupación.
Una sociedad puede tener elecciones, Congreso, Constitución, escarapela, moneda y selección nacional y, sin embargo, organizar buena parte de su economía en función de necesidades que se determinan fuera de sus fronteras.
Ese fue uno de los problemas que obsesionaron al pensamiento nacional argentino.
Raúl Scalabrini Ortiz lo buscó detrás de los ferrocarriles británicos.
Arturo Jauretche lo encontró en las ideas que las elites argentinas repetían como verdades universales.
Hernández Arregui intentó reunir ambos problemas: la dependencia material y la dependencia cultural.
Porque para dominar una economía durante mucho tiempo no alcanza con poseer empresas, puertos o recursos. Es necesario también intervenir sobre la manera en que una sociedad comprende esos recursos.
La dominación más eficaz comienza cuando deja de parecer dominación.
Cuando entregar mercados se llama modernización.
Cuando transferir capacidad estatal se llama eficiencia.
Cuando renunciar a instrumentos económicos se llama libertad.
Cuando la dependencia se presenta como inserción en el mundo.
El colonialismo perfecto sería entonces aquel que consigue desaparecer del lenguaje.
Milei y la inversión del problema nacional
Javier Milei produjo una modificación particularmente profunda del vocabulario político argentino.
Durante buena parte del siglo XX, incluso los gobiernos conservadores apelaban a alguna versión de la idea nacional. Desarrollo nacional. Industria nacional. Defensa nacional. Capital nacional. Interés nacional.
El gobierno libertario realiza una operación diferente: sospecha del propio Estado nacional como sujeto económico.
El Estado aparece como obstáculo.
El mercado como ordenador.
La propiedad privada como principio.
La inversión extranjera como promesa.
Y el mundo como tribunal frente al cual la Argentina debe demostrar que finalmente aprendió las reglas.
No es solamente una política económica.
Es una filosofía de la historia.
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones expresa con claridad esa transformación. Energía, minería, petróleo, gas, infraestructura y tecnología —es decir, algunos de los sectores decisivos para cualquier estrategia de desarrollo durante las próximas décadas— quedan incorporados a un sistema especialmente diseñado para otorgar estabilidad y garantías a grandes capitales nacionales y extranjeros.
Para el Gobierno se trata de crear previsibilidad, atraer inversiones y aprovechar recursos que de otra manera permanecerían bajo tierra.
Esa argumentación debe ser tomada en serio.
Un país necesita capital.
Necesita tecnología.
Necesita exportaciones.
Necesita socios.
La discusión empieza después.
Porque soberanía nunca significó aislamiento.
La verdadera pregunta es otra:
¿en qué condiciones se asocia un país periférico con actores cuyo poder económico es inmensamente superior al suyo?
Allí Hernández Arregui vuelve a incomodarnos.
Porque una relación jurídica entre iguales puede encubrir una relación material entre desiguales.
Dos firmas pueden aparecer del mismo tamaño al pie de un contrato.
Las economías que representan, no.
Estados Unidos y la elección de un centro
El gobierno de Milei ni siquiera intenta disimular su orientación geopolítica.
La denomina alineamiento.
Estados Unidos es presentado como aliado estratégico. Israel también.
La Memoria del Estado de la Nación correspondiente a la política exterior del Gobierno define la relación estratégica con ambos países como una pieza central de la nueva inserción argentina. Posteriormente, Argentina y Estados Unidos profundizaron acuerdos comerciales y de inversión en áreas que incluyen energía, infraestructura, tecnología y materiales críticos.
Este dato obliga a recuperar una antigua pregunta latinoamericana:
¿insertarse en el mundo significa relacionarse con el mundo o elegir una potencia alrededor de la cual organizar nuestra relación con él?
No son exactamente lo mismo.
Hernández Arregui habría desconfiado profundamente de la segunda posibilidad.
Su nacionalismo era latinoamericano.
Para él, una Argentina aislada de América Latina era una Argentina más vulnerable frente a las grandes potencias.
La patria grande no constituía entonces una ornamentación bolivariana.
Era una cuestión de escala.
Una Argentina con Brasil, México, Chile, Bolivia, Uruguay, Paraguay y el resto de América Latina posee una determinada capacidad de negociación.
Una Argentina que negocia sola frente a las grandes potencias posee otra.
El mapa también es una relación de fuerzas.
Israel y una política exterior convertida en identidad
La relación con Israel añade otra dimensión.
Todo Estado tiene derecho a establecer alianzas internacionales. Argentina e Israel mantienen relaciones diplomáticas desde mucho antes del gobierno de Milei.
La singularidad contemporánea reside en la intensidad política e ideológica del vínculo.
En abril de 2026 Milei habló de una unión “moral, espiritual y política” con Israel; ese mismo mes ambos gobiernos lanzaron los Acuerdos de Isaac, concebidos como un nuevo marco de coordinación estratégica, tecnológica, económica y diplomática.
La cuestión que debería preocuparnos no es religiosa ni étnica.
Mucho menos puede confundirse al Estado de Israel o al gobierno de Benjamin Netanyahu con el pueblo judío, argentino o internacional.
El problema es estrictamente político.
¿Debe la política exterior argentina organizarse alrededor de afinidades ideológicas personales del Presidente?
¿O debe surgir de una evaluación autónoma del interés nacional?
Aquí reaparece el concepto que Hernández Arregui colocó en el centro de su obra: conciencia nacional.
Una política exterior soberana puede tener aliados.
Lo que no puede perder es el derecho a establecer por sí misma las razones de sus alianzas.
Inglaterra nunca se fue del todo
Y después está Gran Bretaña, la historia argentina mantiene con Inglaterra una relación diferente.
Aquí existe territorio ocupado y una disputa de soberanía reconocida internacionalmente.
El gobierno de Milei no abandonó formalmente el reclamo argentino. De hecho, el Presidente volvió a reivindicarlo públicamente en 2026, en un juego de dualidades cercanas a lo paradojal.
Sería intelectualmente deshonesto negar ese dato.
Pero también sería ingenuo creer que una política soberana se mide solamente por aquello que un gobierno declara cada 2 de abril.
La soberanía se juega todos los días, en la pesca, los hidrocarburos, en los puertos, en la Antártida, en las rutas marítimas, en la ciencia, en las relaciones económicas del Atlántico Sur.
Por eso la imagen del petrolero británico en Ushuaia resulta perturbadora, no demuestra por sí sola una entrega territorial, pero funciona como una fotografía de época.
El problema nacional aparece condensado en un muelle un barco, una bandera, petróleo, Malvinas, un puerto argentino y una pregunta sin resolver.
El territorio que puede perderse sin moverse
Existe una idea ingenua de soberanía según la cual los países solamente pierden territorio cuando cambia una frontera.
Pero el siglo XXI obliga a construir una definición más compleja.
¿Qué ocurre cuando el territorio continúa formalmente dentro del mapa nacional pero las decisiones fundamentales sobre sus recursos se encuentran condicionadas por capitales cuya estrategia se define fuera del país?
¿Qué ocurre si poseemos el litio pero no la tecnología de las baterías?
¿El cobre pero no la industria electrónica?
¿El gas pero no las cadenas industriales asociadas?
¿La tierra pero no la capacidad financiera para decidir su utilización?
La bandera puede permanecer inmóvil mientras la soberanía cambia de manos.
Eso comprendieron tempranamente Scalabrini Ortiz y Hernández Arregui.
La dependencia no consiste necesariamente en que alguien venga a llevarse físicamente nuestro país. Puede consistir en organizarlo para que funcione primordialmente en beneficio de necesidades externas.
La batalla cultural
Milei habla constantemente de batalla cultural. Hernández Arregui también habría comprendido perfectamente esa expresión, solo que habría ocupado la trinchera contraria.
Para el pensador nacional, las relaciones de dependencia necesitan construir una cultura que las legitime. Gramsci llamó hegemonía a algo semejante: la capacidad de lograr que una determinada concepción particular del mundo sea experimentada como sentido común.
Nos encontramos probablemente ante la transformación más profunda producida por el libertarismo argentino. No se intenta solamente privatizar una empresa, se intenta modificar la pregunta acerca de para qué debería existir una empresa pública.
No solamente abrir una explotación minera, cambiar la pregunta acerca de quién debe controlar el recurso. No solamente reducir al Estado, además, convencer a una sociedad de que la capacidad estatal constituye en sí misma una amenaza.
La disputa decisiva no sucede únicamente alrededor del presupuesto. La transformación inicialmente fué del lenguaje, allí se construyo el soporte para que la sociedad bajara la guardia descuidando el dispositivo que permite acceder a la financiación de los derechos. ¨Sucedio primero dentro del lenguaje, haciendo que palabras como patria, igualdad, soberanía, justicia social, derechos, industria nacional o comunidad organizada pierden centralidad.
Otras ocupan su lugar: mercado, inversores, equilibrio fiscal, propiedad, competencia, libertad. Ninguna palabra es inocente, cada vocabulario construye un mundo posible.
¿Pero qué pueblo?
También debemos discutir a Hernández Arregui, leerlo críticamente significa impedir que el concepto de ser nacional se convierta en una esencia cerrada o lo que es peor, simplemente en una idea dejada en el olvido.
No existe un argentino verdadero contra argentinos falsos, ni existe una pureza nacional, la Argentina siempre fue mezcla, migración, conflicto, pueblos originarios, criollos, europeos, latinoamericanos, trabajadores, clases medias, clases altas, habitantes de las grandes ciudades y de territorios rurales.
El pueblo no es una identidad biológica, es una categoría política, por eso una recuperación contemporánea del pensamiento nacional debe escapar simultáneamente de dos trampas.
Una es el neoliberalismo que reduce la sociedad a individuos competidores, otra, el nacionalismo reaccionario que convierte la patria en identidad excluyente.
Las consideración constitutivas de la Argentina, se penso como una nación democrática que sólo puede ser plural, su unidad no proviene de que todos seamos iguales, sino de decidir qué cosas queremos gobernar juntos.
Entonces, ¿qué es el ser nacional?
Quizá hoy podamos responder a esta pregunta de otra manera. El ser nacional es la capacidad de una sociedad de pronunciar la primera persona del plural:
Nosotros, no el nosotros que expulsa, el nosotros que se responsabiliza.
Nuestros recursos, nuestros mares, nuestros minerales, nuestra energía, nuestros trabajadores, nuestros científicos, nuestros jubilados, nuestros empresarios, nuestras universidades, nuestros conflictos, nuestros errores, Nuestro futuro.
La palabra decisiva no es “nacional”, es nuestro.
Porque una sociedad deja de ser nación cuando ya no puede decidir qué significa ese pronombre.
La libertad de quién
El gran conflicto político argentino vuelve entonces a concentrarse alrededor de una palabra:
libertad. Milei hizo de ella el núcleo moral de su gobierno.
Etonces el Pueblo como tal, la ciudadanía o la gente(el término que para la antipolítica prefiere utilizar para desproblematizar la realidad), probablemente debería preguntarse:
¿libertad de quién?, ¿Del capital para circular?, ¿Del propietario para disponer?, ¿De la empresa para invertir?, ¿O de una comunidad política para decidir qué modelo de desarrollo desea construir?
No necesariamente son libertades incompatibles, pero tampoco son idénticas.
La soberanía comienza precisamente cuando una sociedad puede decidir cómo ordenarlas. Porque un país absolutamente abierto a las decisiones de los demás puede terminar extraordinariamente cerrado a sus propias posibilidades.
No es el suelo
Tal vez el error más frecuente sea imaginar la patria como un pedazo de tierra. La patria no es el suelo, es la relación política que establecemos con él. Una montaña puede ser paisaje. Puede ser cobre, puede ser trabajo, puede ser una cuenta de exportaciones, la materia prima de una industria nacional, un activo financiero contabilizado a miles de kilómetros.
La montaña es la misma, el país que se construye alrededor suyo cambia. Por eso la soberanía no puede medirse solamente preguntando quién posee jurídicamente el territorio, debe ser la totalidad, ese nivel de completitud es la soberanía.
Hay que preguntar quién puede imaginar su futuro. Hernández Arregui escribió ¿Qué es el ser nacional? en 1963.
Más de seis décadas después seguimos discutiendo aquella pregunta porque nunca fue una pregunta acerca del pasado sino acerca de la anatomía del poder:
Quién decide.
Quién produce.
Quién nombra.
Quién recuerda.
Quién se beneficia.
Quién puede decir nosotros.
Tal vez allí se encuentre el verdadero drama argentino de esta época, estas preguntas podría leerse como una verdadera deconstrucción del nosotros, dede el cuál tramar todos los ejes argumentativos.
Podemos conservar todas nuestras fronteras y perder lentamente la posibilidad de decidir qué hacer dentro de ellas. Pero también puede ocurrir ambas, el riesgo es inminente.
Podemos cantar el himno mientras las decisiones estratégicas se toman en otra parte.
Podemos reivindicar Malvinas mientras debilitamos los instrumentos materiales que permitirían sostener una política soberana en el Atlántico Sur.
Podemos tener enormes reservas de energía, cobre, litio, alimentos y agua y seguir preguntándonos por qué la riqueza que duerme bajo nuestros pies no logra convertirse en bienestar colectivo.
La dependencia del siglo XXI probablemente no se parezca a la del siglo XIX, los imperios tampoco; abordar la evolución histórica de los signos en la semiótica histórica, el significante «Imperio» en el siglo XIX remitía a un significado visible: ejércitos, banderas, colonias físicas, aduanas. El texto nos advierte que el significante ha mutado. El «Imperio» del siglo XXI es un significante invisible: se manifiesta en patentes, algoritmos, deuda financiera, rating de riesgo y control tecnológico. Sin embargo, la estructura profunda (el significado de la asimetría y la dominación) permanece. Pero la pregunta que obsesionó al pensamiento nacional permanece intacta:
¿somos una nación capaz de decidir su destino o apenas un territorio extraordinariamente rico esperando que otros decidan qué hacer con él?
Quizá eso sea finalmente el ser nacional no aquello que somos. Aquello que todavía somos capaces de decidir ser, para interpelar el sentido común sobre los nuevos significantes del poder global, evidentemente nada de todo esto será sencillo, será entonces una ardua tarea pedagógica y política para dejar de ser un territorio rico en la mesa de los otros.
LA PATRIA QUE SE VENDE POR PARTES
Hernández Arregui, Milei y la pregunta incómoda por el ser nacional
Por Ariel Acosta
Un petrolero con bandera británica amarra en Ushuaia.
No ocurre en Londres. No ocurre en las Malvinas. No ocurre en alguna terminal perdida del Atlántico. Ocurre en Ushuaia, capital de la provincia argentina que contiene en su propio nombre una declaración política: Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.
El puerto está intervenido por el Estado nacional. El gobierno fueguino protesta. La embarcación transporta petróleo. Y de pronto algo que parecía pertenecer a los manuales escolares —soberanía, Malvinas, territorio, recursos naturales— abandona las efemérides y vuelve a convertirse en una pregunta del presente.
¿Qué significa que algo sea nuestro?
La pregunta parece infantil. Precisamente por eso es incómoda.
Porque una cosa es poseer jurídicamente un territorio y otra decidir qué sucede en él. Una cosa es pintar un mapa con los colores nacionales y otra establecer quién extrae los minerales debajo de esa superficie, quién controla los puertos, quién fija las condiciones de inversión, hacia dónde se dirige la energía producida, quién financia la infraestructura, qué potencias condicionan nuestra política exterior y en qué mercados se determina el valor de aquello que extraemos.
Juan José Hernández Arregui hizo una pregunta parecida hace más de sesenta años.
La llamó ¿Qué es el ser nacional?
Y quizá todavía no terminamos de responderla.
Una nación no es una esencia
Hernández Arregui desconfiaba de una palabra muy utilizada por los nacionalismos: esencia.
La Argentina no era para él una sustancia metafísica depositada misteriosamente en la pampa. Tampoco una colección de símbolos patrióticos. Mucho menos una determinada raza.
El ser nacional era una construcción histórica.
Territorio, lengua, memoria colectiva, economía, instituciones, experiencias compartidas. Pero sobre todo una voluntad política: la posibilidad de que un pueblo reconozca aquello que tiene en común y lo transforme en capacidad para decidir su destino.
La diferencia es enorme.
Porque si la nación fuera solamente una identidad cultural, bastaría con conservar el mate, el folklore, la camiseta, la bandera y el himno.
Pero si la nación es capacidad de autodeterminación, entonces debemos hacer preguntas bastante menos cómodas.
¿Quién controla nuestros recursos?
¿Quién define nuestra política económica?
¿Quién determina nuestra inserción internacional?
¿Dónde se toman las decisiones que condicionarán las próximas generaciones?
¿Puede existir soberanía política sin soberanía económica?
Hernández Arregui respondería que no.
Y allí empieza su actualidad.
La colonia después de la colonia
Las formas modernas de dependencia tienen una característica particular: no necesitan arriar la bandera del país subordinado.
No necesitan un virrey.
No necesitan siquiera un ejército de ocupación.
Una sociedad puede tener elecciones, Congreso, Constitución, escarapela, moneda y selección nacional y, sin embargo, organizar buena parte de su economía en función de necesidades que se determinan fuera de sus fronteras.
Ese fue uno de los problemas que obsesionaron al pensamiento nacional argentino.
Raúl Scalabrini Ortiz lo buscó detrás de los ferrocarriles británicos.
Arturo Jauretche lo encontró en las ideas que las elites argentinas repetían como verdades universales.
Hernández Arregui intentó reunir ambos problemas: la dependencia material y la dependencia cultural.
Porque para dominar una economía durante mucho tiempo no alcanza con poseer empresas, puertos o recursos. Es necesario también intervenir sobre la manera en que una sociedad comprende esos recursos.
La dominación más eficaz comienza cuando deja de parecer dominación.
Cuando entregar mercados se llama modernización.
Cuando transferir capacidad estatal se llama eficiencia.
Cuando renunciar a instrumentos económicos se llama libertad.
Cuando la dependencia se presenta como inserción en el mundo.
El colonialismo perfecto sería entonces aquel que consigue desaparecer del lenguaje.
Milei y la inversión del problema nacional
Javier Milei produjo una modificación particularmente profunda del vocabulario político argentino.
Durante buena parte del siglo XX, incluso los gobiernos conservadores apelaban a alguna versión de la idea nacional. Desarrollo nacional. Industria nacional. Defensa nacional. Capital nacional. Interés nacional.
El gobierno libertario realiza una operación diferente: sospecha del propio Estado nacional como sujeto económico.
El Estado aparece como obstáculo.
El mercado como ordenador.
La propiedad privada como principio.
La inversión extranjera como promesa.
Y el mundo como tribunal frente al cual la Argentina debe demostrar que finalmente aprendió las reglas.
No es solamente una política económica.
Es una filosofía de la historia.
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones expresa con claridad esa transformación. Energía, minería, petróleo, gas, infraestructura y tecnología —es decir, algunos de los sectores decisivos para cualquier estrategia de desarrollo durante las próximas décadas— quedan incorporados a un sistema especialmente diseñado para otorgar estabilidad y garantías a grandes capitales nacionales y extranjeros.
Para el Gobierno se trata de crear previsibilidad, atraer inversiones y aprovechar recursos que de otra manera permanecerían bajo tierra.
Esa argumentación debe ser tomada en serio.
Un país necesita capital.
Necesita tecnología.
Necesita exportaciones.
Necesita socios.
La discusión empieza después.
Porque soberanía nunca significó aislamiento.
La verdadera pregunta es otra:
¿en qué condiciones se asocia un país periférico con actores cuyo poder económico es inmensamente superior al suyo?
Allí Hernández Arregui vuelve a incomodarnos.
Porque una relación jurídica entre iguales puede encubrir una relación material entre desiguales.
Dos firmas pueden aparecer del mismo tamaño al pie de un contrato.
Las economías que representan, no.
Estados Unidos y la elección de un centro
El gobierno de Milei ni siquiera intenta disimular su orientación geopolítica.
La denomina alineamiento.
Estados Unidos es presentado como aliado estratégico. Israel también.
La Memoria del Estado de la Nación correspondiente a la política exterior del Gobierno define la relación estratégica con ambos países como una pieza central de la nueva inserción argentina. Posteriormente, Argentina y Estados Unidos profundizaron acuerdos comerciales y de inversión en áreas que incluyen energía, infraestructura, tecnología y materiales críticos.
Este dato obliga a recuperar una antigua pregunta latinoamericana:
¿insertarse en el mundo significa relacionarse con el mundo o elegir una potencia alrededor de la cual organizar nuestra relación con él?
No son exactamente lo mismo.
Hernández Arregui habría desconfiado profundamente de la segunda posibilidad.
Su nacionalismo era latinoamericano.
Para él, una Argentina aislada de América Latina era una Argentina más vulnerable frente a las grandes potencias.
La patria grande no constituía entonces una ornamentación bolivariana.
Era una cuestión de escala.
Una Argentina con Brasil, México, Chile, Bolivia, Uruguay, Paraguay y el resto de América Latina posee una determinada capacidad de negociación.
Una Argentina que negocia sola frente a las grandes potencias posee otra.
El mapa también es una relación de fuerzas.
Israel y una política exterior convertida en identidad
La relación con Israel añade otra dimensión.
Todo Estado tiene derecho a establecer alianzas internacionales. Argentina e Israel mantienen relaciones diplomáticas desde mucho antes del gobierno de Milei.
La singularidad contemporánea reside en la intensidad política e ideológica del vínculo.
En abril de 2026 Milei habló de una unión “moral, espiritual y política” con Israel; ese mismo mes ambos gobiernos lanzaron los Acuerdos de Isaac, concebidos como un nuevo marco de coordinación estratégica, tecnológica, económica y diplomática.
La cuestión que debería preocuparnos no es religiosa ni étnica.
Mucho menos puede confundirse al Estado de Israel o al gobierno de Benjamin Netanyahu con el pueblo judío, argentino o internacional.
El problema es estrictamente político.
¿Debe la política exterior argentina organizarse alrededor de afinidades ideológicas personales del Presidente?
¿O debe surgir de una evaluación autónoma del interés nacional?
Aquí reaparece el concepto que Hernández Arregui colocó en el centro de su obra: conciencia nacional.
Una política exterior soberana puede tener aliados.
Lo que no puede perder es el derecho a establecer por sí misma las razones de sus alianzas.
Inglaterra nunca se fue del todo
Y después está Gran Bretaña, la historia argentina mantiene con Inglaterra una relación diferente.
Aquí existe territorio ocupado y una disputa de soberanía reconocida internacionalmente.
El gobierno de Milei no abandonó formalmente el reclamo argentino. De hecho, el Presidente volvió a reivindicarlo públicamente en 2026, en un juego de dualidades cercanas a lo paradojal.
Sería intelectualmente deshonesto negar ese dato.
Pero también sería ingenuo creer que una política soberana se mide solamente por aquello que un gobierno declara cada 2 de abril.
La soberanía se juega todos los días, en la pesca, los hidrocarburos, en los puertos, en la Antártida, en las rutas marítimas, en la ciencia, en las relaciones económicas del Atlántico Sur.
Por eso la imagen del petrolero británico en Ushuaia resulta perturbadora, no demuestra por sí sola una entrega territorial, pero funciona como una fotografía de época.
El problema nacional aparece condensado en un muelle un barco, una bandera, petróleo, Malvinas, un puerto argentino y una pregunta sin resolver.
El territorio que puede perderse sin moverse
Existe una idea ingenua de soberanía según la cual los países solamente pierden territorio cuando cambia una frontera.
Pero el siglo XXI obliga a construir una definición más compleja.
¿Qué ocurre cuando el territorio continúa formalmente dentro del mapa nacional pero las decisiones fundamentales sobre sus recursos se encuentran condicionadas por capitales cuya estrategia se define fuera del país?
¿Qué ocurre si poseemos el litio pero no la tecnología de las baterías?
¿El cobre pero no la industria electrónica?
¿El gas pero no las cadenas industriales asociadas?
¿La tierra pero no la capacidad financiera para decidir su utilización?
La bandera puede permanecer inmóvil mientras la soberanía cambia de manos.
Eso comprendieron tempranamente Scalabrini Ortiz y Hernández Arregui.
La dependencia no consiste necesariamente en que alguien venga a llevarse físicamente nuestro país. Puede consistir en organizarlo para que funcione primordialmente en beneficio de necesidades externas.
La batalla cultural
Milei habla constantemente de batalla cultural. Hernández Arregui también habría comprendido perfectamente esa expresión, solo que habría ocupado la trinchera contraria.
Para el pensador nacional, las relaciones de dependencia necesitan construir una cultura que las legitime. Gramsci llamó hegemonía a algo semejante: la capacidad de lograr que una determinada concepción particular del mundo sea experimentada como sentido común.
Nos encontramos probablemente ante la transformación más profunda producida por el libertarismo argentino. No se intenta solamente privatizar una empresa, se intenta modificar la pregunta acerca de para qué debería existir una empresa pública.
No solamente abrir una explotación minera, cambiar la pregunta acerca de quién debe controlar el recurso. No solamente reducir al Estado, además, convencer a una sociedad de que la capacidad estatal constituye en sí misma una amenaza.
La disputa decisiva no sucede únicamente alrededor del presupuesto. La transformación inicialmente fué del lenguaje, allí se construyo el soporte para que la sociedad bajara la guardia descuidando el dispositivo que permite acceder a la financiación de los derechos. ¨Sucedio primero dentro del lenguaje, haciendo que palabras como patria, igualdad, soberanía, justicia social, derechos, industria nacional o comunidad organizada pierden centralidad.
Otras ocupan su lugar: mercado, inversores, equilibrio fiscal, propiedad, competencia, libertad. Ninguna palabra es inocente, cada vocabulario construye un mundo posible.
¿Pero qué pueblo?
También debemos discutir a Hernández Arregui, leerlo críticamente significa impedir que el concepto de ser nacional se convierta en una esencia cerrada o lo que es peor, simplemente en una idea dejada en el olvido.
No existe un argentino verdadero contra argentinos falsos, ni existe una pureza nacional, la Argentina siempre fue mezcla, migración, conflicto, pueblos originarios, criollos, europeos, latinoamericanos, trabajadores, clases medias, clases altas, habitantes de las grandes ciudades y de territorios rurales.
El pueblo no es una identidad biológica, es una categoría política, por eso una recuperación contemporánea del pensamiento nacional debe escapar simultáneamente de dos trampas.
Una es el neoliberalismo que reduce la sociedad a individuos competidores, otra, el nacionalismo reaccionario que convierte la patria en identidad excluyente.
Las consideración constitutivas de la Argentina, se penso como una nación democrática que sólo puede ser plural, su unidad no proviene de que todos seamos iguales, sino de decidir qué cosas queremos gobernar juntos.
Entonces, ¿qué es el ser nacional?
Quizá hoy podamos responder a esta pregunta de otra manera. El ser nacional es la capacidad de una sociedad de pronunciar la primera persona del plural:
Nosotros, no el nosotros que expulsa, el nosotros que se responsabiliza.
Nuestros recursos, nuestros mares, nuestros minerales, nuestra energía, nuestros trabajadores, nuestros científicos, nuestros jubilados, nuestros empresarios, nuestras universidades, nuestros conflictos, nuestros errores, Nuestro futuro.
La palabra decisiva no es “nacional”, es nuestro.
Porque una sociedad deja de ser nación cuando ya no puede decidir qué significa ese pronombre.
La libertad de quién
El gran conflicto político argentino vuelve entonces a concentrarse alrededor de una palabra:
libertad. Milei hizo de ella el núcleo moral de su gobierno.
Etonces el Pueblo como tal, la ciudadanía o la gente(el término que para la antipolítica prefiere utilizar para desproblematizar la realidad), probablemente debería preguntarse:
¿libertad de quién?, ¿Del capital para circular?, ¿Del propietario para disponer?, ¿De la empresa para invertir?, ¿O de una comunidad política para decidir qué modelo de desarrollo desea construir?
No necesariamente son libertades incompatibles, pero tampoco son idénticas.
La soberanía comienza precisamente cuando una sociedad puede decidir cómo ordenarlas. Porque un país absolutamente abierto a las decisiones de los demás puede terminar extraordinariamente cerrado a sus propias posibilidades.
No es el suelo
Tal vez el error más frecuente sea imaginar la patria como un pedazo de tierra. La patria no es el suelo, es la relación política que establecemos con él. Una montaña puede ser paisaje. Puede ser cobre, puede ser trabajo, puede ser una cuenta de exportaciones, la materia prima de una industria nacional, un activo financiero contabilizado a miles de kilómetros.
La montaña es la misma, el país que se construye alrededor suyo cambia. Por eso la soberanía no puede medirse solamente preguntando quién posee jurídicamente el territorio, debe ser la totalidad, ese nivel de completitud es la soberanía.
Hay que preguntar quién puede imaginar su futuro. Hernández Arregui escribió ¿Qué es el ser nacional? en 1963.
Más de seis décadas después seguimos discutiendo aquella pregunta porque nunca fue una pregunta acerca del pasado sino acerca de la anatomía del poder:
Quién decide.
Quién produce.
Quién nombra.
Quién recuerda.
Quién se beneficia.
Quién puede decir nosotros.
Tal vez allí se encuentre el verdadero drama argentino de esta época, estas preguntas podría leerse como una verdadera deconstrucción del nosotros, dede el cuál tramar todos los ejes argumentativos.
Podemos conservar todas nuestras fronteras y perder lentamente la posibilidad de decidir qué hacer dentro de ellas. Pero también puede ocurrir ambas, el riesgo es inminente.
Podemos cantar el himno mientras las decisiones estratégicas se toman en otra parte.
Podemos reivindicar Malvinas mientras debilitamos los instrumentos materiales que permitirían sostener una política soberana en el Atlántico Sur.
Podemos tener enormes reservas de energía, cobre, litio, alimentos y agua y seguir preguntándonos por qué la riqueza que duerme bajo nuestros pies no logra convertirse en bienestar colectivo.
La dependencia del siglo XXI probablemente no se parezca a la del siglo XIX, los imperios tampoco; abordar la evolución histórica de los signos en la semiótica histórica, el significante «Imperio» en el siglo XIX remitía a un significado visible: ejércitos, banderas, colonias físicas, aduanas. El texto nos advierte que el significante ha mutado. El «Imperio» del siglo XXI es un significante invisible: se manifiesta en patentes, algoritmos, deuda financiera, rating de riesgo y control tecnológico. Sin embargo, la estructura profunda (el significado de la asimetría y la dominación) permanece. Pero la pregunta que obsesionó al pensamiento nacional permanece intacta:
¿somos una nación capaz de decidir su destino o apenas un territorio extraordinariamente rico esperando que otros decidan qué hacer con él?
Quizá eso sea finalmente el ser nacional no aquello que somos. Aquello que todavía somos capaces de decidir ser, para interpelar el sentido común sobre los nuevos significantes del poder global, evidentemente nada de todo esto será sencillo, será entonces una ardua tarea pedagógica y política para dejar de ser un territorio rico en la mesa de los otros.